Dime si son latinas: breve historia de una estética imaginaria

En Ceniza en la boca, una novela de la escritora mexicana Brenda Navarro, hay
un momento en que el personaje de Diego, siendo apenas un niño, se confunde
sobre qué es Estados Unidos y qué es España; su madre tuvo que migrar a
Madrid para enviarles desde allá dinero y él le pide juguetes que salen en
televisión y solo se consiguen en enormes almacenes gringos. Diego, el niño, no
entiende qué es una cosa o la otra, porque lo único que entiende es que eso otro
está fuera de México: está lejos. Todo lo que está afuera es la misma cosa.
La idea de Latinoamérica, poderosa hoy para el arte, la literatura, la música y
los estudios culturales, luminosa también como un sólido estereotipo, empezó,
de hecho, por intereses más complejos. A finales del siglo XIX, gobiernos
conservadores del continente americano crearon y promovieron discursos sobre
la idea de nación entre sus poblaciones a partir de academias de la lengua,
programas de educación, museos e himnos para su correcta transmisión a niños
y niñas de todos los rincones: nuestra lengua era entonces una consecuencia del
latín, como las demás lenguas romances, y nuestra religión, católica. Esto
permitió que desde Francia y España se promoviera la idea “latina”,
“latinoamericana” de estas naciones con las que compartían un legado cultural,
para estrechar lazos políticos y económicos.
Más adelante, ya a mediados del siglo XX, el movimiento del
Panamericanismo, que buscaba asociatividad entre los países de América en
temas sociales y económicos, y los convulsos movimientos políticos que
empezaron a ocurrir en esta parte del continente y obligaron a muchas personas
a migrar, empezaron a gestar ideas comunes: los problemas con Estados Unidos
y las explotaciones bananeras, por un lado, y el surgimiento de las luchas de
izquierda a partir de la revolución cubana, por el otro, eran algunas de las
situaciones que arraigaban más y más la idea de un dolor común y las ganas de
compartir el mismo suelo desde el cual pararse.
Aunque la idea “latina” en América había surgido a partir de un reclamo de
herencia europea, estos cambios políticos hicieron que colectivamente la idea
misma fuera cambiando de color. A esto se sumó que el siglo XX estuvo
marcado por producciones culturales que ensamblaron el relato de
Latinoamérica de forma robusta y contundente: la música tropical, caribeña, el
tango; el cine mexicano que viajó por todas partes; el Boom Latinoamericano de
literatura del que todavía hoy se sigue hablando: instrumentos culturales que
permitieron imaginar la unidad de algo, que armaron piezas para intentar agarrar
con las manos algo que no se puede agarrar. Así como los museos nacionales y
los himnos habían permitido imaginar un país, el arte hecho en América y el
compartir los mismos problemas fruto de la colonización y la migración,
permitieron imaginar Latinoamérica.
Desde esos procesos macro que instalaron la sensación de unidad, la idea de los
países americanos de habla hispana ha tomado tanta fuerza como es posible:
premios enfocados en LATAM, movimientos de todo tipo en el mundo de la
cultura y recientemente un auge por la moda latinoamericana que no para de
crecer, pues según Intexmoda, la región espera para 2025 un crecimiento del
5,9%. Entre tanto, uno de los grandes ejemplos de esta expansión latina en el
mundo de la moda es la plataforma web madeinlatinamerica.co, que vende y
envía a todas partes objetos y piezas hechas por marcas locales que se han
enfocado en pulir tanto su concepto de diseño y su propuesta narrativa, que se
han convertido en nombres relevantes para el mundo de la moda internacional,
como lo es el caso de la marca santandereana Sixxta, que se enfoca en moda
sostenible únicamente hecha por mujeres, y que ha llegado a las pasarelas
internacionales más celebradas.
A inicios de los 2000, todavía con rezagos de las épocas más violentas para
muchos países de la región, el estereotipo latino se convirtió también en un
relato estético de ese momento: la cultura del narco, la sexualización del cuerpo
femenino y la extravagancia del dinero, ideas que, de hecho, están hoy muy
alineadas con discursos de derecha, como el hombre proveedor, la mujer
perfecta y la acumulación de capital sin crítica alguna. Este tipo de estética, de
quienes artistas como Kali Uchis y Karol G son grandes exponentes, se ha
seguido llamando narcoestética en muchos gremios, aunque este término
también se cuestiona por sus tintes elitistas, como en el texto “LA BICHOTA”
reforzó mi conciencia de clase, publicado por Mutante: “Concluí que Karol G
me resulta valiosa porque su estética no me parece solo una pose o una mera
estrategia de marketing. O no del todo. Ella, activamente, le habla a las
audiencias, en su mayoría, populares (…) Ella no ha escapado del estereotipo
con el que suelen asociarnos a las paisas. En algunos comentarios críticos a su
imagen todavía se habla de narcoestética: ¡En esta expresión encuentro tanto
clasismo y racismo! Esta etiqueta ha sido una forma de criminalizar la estética
popular y ha estado al servicio de las élites para diferenciarse, como si ellas no
hubieran participado activamente del negocio del narcotráfico”.
Entre tanto cuestionarnos si las posturas con las que vemos el mundo son lo
suficientemente latinas o no, quizás valga la pena recordar algunas líneas del
inicio: la patria es un relato. Hallamos en lo que consumimos fragmentos que
arman columnas imaginarias en las cuales nos contamos qué somos, junto con
quiénes, para quién y contra quién. Y como todo relato del mundo, de la gran
verdad del mundo, es imperfecto. Está inacabado.
Por: Sara Juliana Zuluaga García
