Frozen o la relación frío y estilo

A mi hermano no le gustan los países sin estaciones. A mí sí. Suena esnob, pero así es eso, así es la cosa. Su razón fue algo inesperado para mí. Recuerdo que en alguna de sus visitas a este hermoso platanal (Colombia) nos sentamos en algún lugar a ver pasar gente, a ver gente pasar. Como en una canción No Hay Igual de Nelly Furtado con Calle 13 (“Una diferente, toda la semana…” etcétera), la gente era diversa, pasaban y pasaban y se perdían entre los carros y la otra gente, pero a nosotros solo nos quedaba la gran pregunta: ¿por qué están tan mal vestidos? Esta pregunta es, no obstante, una trampa mortal.

A riesgo de no poderla responder sin salir gravemente herido -pues nadie se debe meter en las decisiones de nadie-, lo que sí pensé es que no quiero vestirme sino con colores oscuros. De negro si es preciso, porque el que se viste de negro no se equivoca, así como el que de amarillo se viste a su belleza se atiene o en la calle lo desvisten. Primer statement. Como si lo hubiera dicho al mismísimo Adolf Loos: me visto de negro y ojalá siempre con lo mismo, como si no me bañara, porque así salgo a la calle sin el temor latente de equivocarme. Una vez me equivoqué adrede y me vestí tan mal que, en una proyección de un documental sobre Gabo -eso fue en París en La Maison des Amériques-, una pequeña multitud me fue a saludar porque creía que era uno de los hijos de García Márquez ¿Tan mal estaba? Y sí, la respuesta es foquing sí.

Tenía puesto un saco viejo que seguramente perteneció a una persona fallecida, comprado a unos gitanos; por debajo, una camisa de cuadros de colores y una corbata blanca delgadita, de muerto también; pantalones magenta que desentonaba con el cosmos entero, y, finalmente, medias azul celeste y zapatos de cuero marrones, viejos, vueltos eme. Además, me había dejado un bigote inmundo, o bueno, me había dejado el bigote, el cual me queda inmundo.

Vuelvo a mi hermano. Vuelvo a esa vez que vino y nos sentamos a mirar la gente pasar. Pidió una botella de agua que la abrió. No bebió. Él me miraba y coincidíamos en que la gente se viste mal, sin conciencia alguna del color o el estilo. Mi hermano muchas veces me había dicho “bocadillo”, para referirse a mi forma de vestir, combinando colores y texturas como si regalaran dinero por hacer el ridículo; cuando le mostré la foto de la velada de La Maison des Amériques vomitó tres días seguidos. Mi hermano, callándose todo lo que el decoro no deja expresar, insistió: “pero donde hace frío la gente se viste mejor, así esta regla no le aplique a Usted”.

Mientras recreo el momento en que mi hermano y yo criticábamos la forma de vestir de los transeúntes, se me ocurrió que había que decir algo sobre política y moda… que la verdad, son la misma cosa.

Los cambios de clima crean necesidades

Yo nunca lo había pensado, ni se me había ocurrido antes. Mentiras que sí: según mi hermano, la forma de vestirse merece más atención en lugares donde vestirse está ligado a una necesidad, entendiendo que la necesidad es la supervivencia o la preservación de la salud. Los países ecuatoriales tienen la ventaja de garantizar a sus habitantes hábitos de consumo de moda muy simples: se viste uno “pal frío o pal calor”. Los climas extremos están en la América que es bonita, pero hay que buscarlos. La montaña, generalmente, no viene hacia nosotras, hacía nosotros. En países como Colombia, hace frío o hace calor, llueve o simplemente no llueve, pero no cae nieve de un momento a otro, tampoco aparece la canícula para derretirnos a todos. O bueno, la probabilidad de que tales fenómenos aparezcan tiende a cero.

Tener más prendas para protegerse del frío garantiza que uno pueda jugar con colores y texturas o pueda verse como un modelito de Armani desfilando por las galerías de Milano. Portar camisa, un suéter y, sobre este, una chaqueta es una ventaja para quienes simulan ser una alcachofa que se desprende primero de sus hojas, hasta desprenderse finalmente de sus pistilos hasta dejar ver el corazón. Portar una camisa blanca o de rayitas azules, con una primera chaqueta delgada encima de color gris claro, puede verse muy bien con un sobretodo o un abrigo negro. Sin embargo, para vivir esta proeza de la moda debe hacer una temperatura, mínimo, de 10 o 5 grados centígrados. Esto no ocurre en todas partes ni a todas horas. Además, lucir una paleta de colores variada requiere de luz solar. De lo contrario, ese esfuerzo de elegir colores no deja más que la satisfacción personal, y esa eme para qué.

Ahora bien, el problema no solo está en las prendas que uno debe ponerse y los colores, sino también en la oferta. Hablamos de mercado ahora. No todas las prendas sirven para el frío, y acumular prendas sobre el cuerpo no sirve mucho cuando no están hechas con la técnica adecuada. No todas las chaquetas sirven para climas extremos. Los climas extremos entran por las costuras, en especial el frío. De hecho, valdría saber cuál es la marca de la ropa que usaba Elsa de Frozen en su castillo. Porque no se trata de la prenda sino de la marca y la capacidad de esta de mostrar la bondad de sus servicios.

En efecto, las marcas tienen mucho que decir y sus productos aún más de nosotros mismos. Como en el librito de Deyan Sudjic, The Lenguaje of Things, terminamos diciendo algo sobre la función de la moda, aunque sesgada en la sostenibilidad. Cuando pensé en la palabra, me reí un poco, sin mostrar los dientes.

El cambio climático y la industria de la moda

Como en los diálogos de Platón, muchas veces se trata de desentrañar la verdad de forma dolorosa: lo que comienza como una conversación sobre moda, termina transformándose en una diatriba sobre el consumismo. Digamos que, en principio, mi hermano tenía razón, pero luego entramos en una discusión sobre la función de las prendas. Vestirse bien no depende del clima, del frío, sino de algo más: el poder adquisitivo y su relación con los precios que ofrecen las grandes marcas. Sin embargo, las prendas caras no son siempre las más bonitas, como esas chaquetas llenas de plumas, como vejigas tubulares unidas por costuras, son espantosas, digan lo que digan. Por el contrario, las chaquetas de cuero -a título de ejemplo- siempre están bien, pero requieren de una técnica de fabricación especial para servir a su propósito; si bien el cuero es un aislante natural, este puede dejar entrar el frio y encerrarlo cerca de la piel, igual que el castillo de Elsa; elegir ponerse una chaqueta de cuero en el invierno, en invierno de verdad, requiere pensar en la marca de la chaqueta, primero que todo.

Así las cosas, hablar de vestirse bien -vestirse de la forma que exige el clima de la respectiva estación- no es simplemente ponerse ropa bonita, sino ponerse la ropa de la marca adecuada. Y, desafortunadamente, la marca adecuada no es siempre la más bonita. No se trata, entonces, del frío, del buen gusto sino de algo que es más la intuición y la capacidad de decir: el que tenga miedo que no nazca. Este es el principio fundamental de la moda. El que le tenga miedo al ridículo que no nazca. La discusión terminó transformada en una perorata en favor del derecho que tenemos sobre ponernos la ropa más bonita así nos muramos del frío o del calor. Mi hermano se tomó la botella y, sin dejar de mirarme, la bebió entera, eructó -era agua con gas- y, como inspirado por los mismos dioses, me dijo: “Felipe, antes muerta que sencilla”.


por: Felipe Calderón Vale