El loop de una identidad abstracta: sobre la homogenización del gusto

Hace rato que sabemos lo que hay que saber sobre el fast fashion: que es fabricado con procesos que priorizan la rapidez y el ahorro sobre la calidad y que, por supuesto, estos procesos se mueven con hilos turbios sobre la ética del trabajo y el cuidado del medioambiente. Todo mal. Pero este texto no es precisamente sobre eso.

Desde 1990 se empezó a colar este término entre las discusiones sobre consumo de sociedades que, por supuesto, de este lado del mundo, podían tener acceso a diseños alineados con las “grandes” rutas estéticas de la moda, pero a mejor precio. Recordemos, además, que principalmente países como México y Colombia tuvieron grandísimas producciones de este tipo de fabricación por su mano de obra ultra
barata y regulaciones menos estrictas en su mercado laboral.

Desde ahí, de a poco este término que responde a la fabricación en masa, empezó a cambiar profundamente el panorama de la moda en América Latina, afectando tanto a las dinámicas culturales como la viabilidad de las pequeñas empresas. Esto, porque estas megaproducciones, además de todo lo anterior, venían cableadas con
microtendencias: ciclos cortos de prendas muy específicas que estallaban por meses las ventas y luego desaparecían como si no hubiesen existido. Fantasmas que luego daban vergüenza.

Esta frontera de comercio y consumo con círculos tan cortos ha alterado los hábitos de consumo en la región, impulsando no solo un modelo de «usar y tirar» sino un espectro muy pequeño de lo “bello” o “deseable” y esto, en palabras más simples, se convierte en una repetición estética hostigante y aburrida: todo es lo mismo, una y otra vez. No hay una historia detrás de nada.

El consumo desbordado de las microtendencias del fast fashion ha provocado una homogenización temporal (de tiempos muy cortos) en las identidades estéticas: las mismas paletas de colores, los mismos cortes de prendas y los mismos dos o tres estilos de zapatos para tanta gente como podamos imaginar. Sobra decir, pues, que nada de esto lo elegimos, es más bien el modo en que opera el sistema de la moda,
que tensa lo justo sus cuerdas para que no tengamos opción: es irresistible.

Esta uniformidad impuesta por el fast fashion crea un consumismo desenfrenado, pues al ofrecer tendencias efímeras, se crea una necesidad constante de «estar a la moda», promoviendo la compra impulsiva y el descarte rápido de prendas. En otras palabras: atrofia la capacidad de desarrollar un estilo propio, basado en la curaduría
personal y la durabilidad. No es que las tendencias sean malas, pero habría que hacer una curaduría cuidadosa desde lo que en verdad nos mueva, no solo nos hostigue estéticamente.

Esta no es una queja, es más bien una larga pregunta sobre cómo opera eso que nos rodea y que parece inofensivo, sobre cómo estamos allí dentro sumando capas a esa voraz narración. Tampoco hay que satanizar cualquier acción y volver del otro lado con capa de aleccionadores. No. Esta larga pregunta es más bien el reclamo de
nuestra voz estética, un llamado a desglosar lo que somos en lo que dejamos ver. Una invitación a esos minúsculos actos de expresión y autenticidad por preservar el vibrante mosaico de identidades que nos define y que, aun así, muta todo el tiempo.


Por : Sara Juliana Zuluaga García,