El estrén: unboxin de un outfit decembrino
Felipe Calderón Valencia
Al final del año pasan cosas, muchas cosas. Desde el nacimiento del Niñodiós, hasta la quema del Añoviejo y, obvio, gente borracha, velitas, gente quemada y mutilada, pero también gente feliz, mucha, muchísima, gente feliz. Esto con o sin razón. A pesar de Elkin (“el que inventó la navidad no estaba solo”). Perdón, pero no podía resistirme a este chiste tan fácil.
En Colombia pasa así y Colombia es una parte, un pequeño microcosmos dentro del mar lleno de alegrías tristes que es el continente donde queda ubicada, tanto el físico como el cultural, que también es un lugar. La cultura, digo. Diciembre, no obstante, es un agujero negro, materia densa, fundida. Es como mezclar mi Pobre Angelito (Home Alone, 1990) con Melancolía, la del grabado de Dürer (1513) y la de Lars von Trier (2011), pues el sentimiento que nos atraviesa es feo, feliz, comercial, es compulsivo.
Nos queremos llenar de cosas buenas que nos van a frustrar y van a determinar lo que será el año que será luego del 31 de diciembre. Es algo raro e imposible de explicar. Este artículo solo “analiza” lo que unos cucos (calzones) amarillos y los regalos que queremos recibir o que nos damos a nosotros mismos, para que no digan que diciembre no es la plataforma de lanzamiento de 365 días que van a estrellarse contra las constelaciones y un enero soso y más violento que el mal aliento de un dios.
Calzones amarillos para recibir el año nuevo
Tradición. Esa es la palabra, la que va marcada en la frente del Gólem. Esto, más allá de que pueda ser el argumento principal de la nueva novela de Dan Brown, es lo que mueve la industria de los colorantes amarillos para ropa interior en un país como Colombia. La presente debería ser el challenge para que se diera una gran discusión panamericana sobre los villancicos más bonitos, o putrefactos, pero hay que declarar que nos negamos en la región de América Latina y el Caribe nos creemos que la navidad es blanca, con nieve.
Sin embargo, algo que parece escapar a esta transculturación –tan útil a los interese del mercado y su cerebro, también invisible- es la rumba que se arma a final de año, antes del fin de año, aunque para el fin de año, para recibir el año (nuevo) con un sacrificio humano: nosotros mismos, nuestros hígados en salsa de ron con pasas (sin pasas).
En efecto, el 31 de diciembre es un día esperado, un día en el que no solo nos ponemos ropa nueva, sino también –y por debajo de todo- ropa interior amarilla. Este es un color solar, brillante y luminoso, que pareciera estar ahí esperando que alguien nos destape como si se tratara de los regalos que dejan al pie del belén o el árbol de navidad para ser desollados entre gritos de felicidad. Nada acá tiene doble sentido, y menos orientado a Sade, al marqués.
El último día del año exige de quien lo celebra ponerse su mejor ropa, un outfit muy decente. Pero lo curioso es que esto debe hacerse, siempre, con ropa interior amarilla. Sin embargo, los expertos dicen que esto se debe a que es un gesto de prosperidad. Este color atrae la buena suerte en nuestra vida económica. Entonces, no deseamos ser descubiertos y mostrar lo que será, luego, la forma hacer invitaciones a comer, buenos gestos de buena voluntad.
Querido Santaclós, querido Niñodiós
“Dios mío, Dios mío… ¿por qué me has abandonado?”. Esta frase –que supongo lo expresó así la Biblia- es uno de los grandes misterios del catolicismo. Y, ¿saben qué? No lo resuelven las tesis en teología que nos explican que el dios humanado trata de contestarse una pregunta que debió hacerse antes de que el arcángel Gabriel diera la enunciación, sino que lo resuelve un centro comercial. Puede ser uno en Pereira o en Sincelejo. Tiendas llenas de “chiros” nuevos hacen entender que el dios humanado nació en las entrañas de una virgen para que nos llegaran cositas. Nuestros padres usaban el 24 de diciembre como medio de presión para que nosotros –entonces niños- pusiéramos en la carta que nos habíamos portado bien y que merecíamos regalos, prendas de vestir, ropita, unas malditas medias que solo me parecen un buen presente ahora cuando la vida se me escapa entre los dedos.
La adolescencia marca el momento en que pantalones, calzado –tipo unos tenis Diesel rojos-, calzoncillos Calvin Klein y camisas para doblarles las mangas comienzan a hacer parte de la lista de cosas que queremos ponernos en diciembre. Varias cosas de marca Purificación García, esto es lo que ahora quiero, para parecer “cule’pelao roto”. Pantalones negros de Levis’. Todo esto figura en una lista de navidad de personas que un leve nivel de consciencia de que en la vida todo son apariencias. Y a esto habrá de contribuir el niño dios, o bien, también otro personaje.
En Chile está el viejo Pascuero, pues los migrantes de Granada y Sevilla confundían la pascua con la navidad; en México está el Santa Claus, por la cercanía con Estados Unidos, pero también está el niño Jesús, el niñito, como en Colombia, y, por eso, en este país se prepara a toda la población para que el 24 de diciembre nos colmen de dones. También podemos pensar que estos no van a llegar. Por esto también en hay una canción horrible cuyo coro dice “mamá, dónde están los juguetes”.
La carta, esta que sí le hubieran escrito al coronel, es la que llenamos de las mejores marcas, las cosas que más nos gustan, para aparentar, para pretender ser esa persona abundante e intencionada que va a tener éxito todo el año. Por eso, más que portarse bien, debemos entender que diciembre es la fiesta del consumismo, ese infierno debajo de infierno –Agustina Bazterrica dixit- en el que queremos caer y vivir allí si es necesario. Pero no pasa nada, porque ese diablito amable va a vernos lucir nuestras mejores prendas sabiendo que perdió la batalla de las almas, pues además de bien vestidos, vamos a mejorar como personas… aunque después de unos aguardienticos amarillos.
