Szinveszter Makó:ZILVESZTER MAKÓ: el ojo por el que todos quieren ser mirados

A los que no sabían: Silvestre Dangond tiene un émulo en Hungría. El artista Szilveszter Makó también canta vallenato. Todo esto es falso. Makó es un fotógrafo y director creativo que ha trabajado para grandes marcas y ha retratado a las celebridades del momento, pero no haciendo lo que puede hacer cada una de estas más fácil y más barato con una sola selfie, say chees, sino apelando a muchísimas referencias estéticas, las que nos suenan y las que no nos suenan tanto. Hablemos de este Szilveszter y veamos que la moda, hoy, propone un silvestrismo totalmente alternativo, quizá con un tinte dadá. Acompáñenme, silvesztrisztas.

Semblanza de una especie szilveszter en vía de extinción

Fue a la escuela de arte. A Makó se le nota que no quiso ser pintor. Esto, porque no hay nada más parecido a uno que lo que se niega con todas las fuerzas. A este artista se le conoce por sus fotografías. El problema, es que este hecho pasa desapercibido por el mismo poder del medio de expresión que utiliza. Chiques, googleen su nombre o búsquenlo en Instagram para que vean la composición visual de su obra. Allí coquetea con los recursos de la pintura o el diseño industrial. No sé Ustedes, pero cuando las miro, siento un condensado del renacimiento flamenco y las vanguardias artísticas del siglo XX, un poco Giger, otra tanto de Paula Rego, Remedios Varo y hasta Leonora Carrington, De Chirico y de mi amado Max Beckmann. Pero igual, la miopía y la edad puede que me quiten la razón.

A Makó se le nota que no quiso ser pintor porque la paradoja lo condena: entre más lejos quieras estar de algo, más se te acerca, más se te pega y se te mete bajo la piel. Paradojas. Los vicios igual no desaparecen, y la pintura, el arte, es tal vez uno de los vicios más poderosos o difíciles de remover. La vida es muy corta para tanto arte o, como dicen los antiguos, ars longa, vita brevis… y brevis es de breve, no breva, eh. En su faceta de director creativo, Szilveszter Makó ha podido acceder tanto a los grandes círculos de la moda de masas y la alta costura. Adidas (ropa deportiva) y Zara (fast fashion –“…and Death travel fast”, recuerden-) y Gucci, Maison Margiela (marca de lujo: por mencionar una de muchas muy conocidas) son ejemplos que marcan la función de lo inútil: el criterio artístico desvía la mirada de lo puramente funcional y la pone sobre objetos del común, sobre las mercancías que no serían más que simples prendas si no tuvieran un aparato de márquetin que tratara de alejarlo, a toda costa, de aquello que hace posible la industria de la moda misma. Sí: el arte todo lo corroe y, en su proceso de destrucción, al final, todo lo mejora.

Revistas como Elle y Bazaar y Vogue, entre otras, han sido la plataforma para esta filosofía que sabe, que promociona, una visión artística de esa industria que produce, dobla y vende prendas de vestir. Szilveszter Makó es uno de muchos de estos artistas que han dado un aura particular a las creaciones que se supone que funcionan por fuera de la sofisticación y el estilo elaborado. Gucci o Maison Margiela son ya suficientemente glamurosas, pero Makó da un plus que las hace más deseables. Adidas ya es lo suficientemente simple, pero el trabajo de Makó sobre esta marca reviste sus prendas de un halo de misterio, retorciendo el sentido del gusto de quienes solo quieren tres franjas juntas[1]. Es decir, tengas o no tengas una cultura estética desarrollada, lo ves y disfrutas seguirá allí para sacarte de tus cotidianos tacos al pastor, tu huevo con arroz y las míseras doce horas diarias de chamba, viaje gratis a la extensión.

Retratos de Elle Faning y Marina Abramovic

What the frog. La fuerza de su arte propone una conversación transgeneracional, transmedia también, o simplemente trans, porque “lo trans” está de moda y todes reconocemos que somos tanto maches como hembres; ya si no me creen, entonces explíquense qué hacían pendientes del entretiempo del Super Bowl 2026. Benito Antonio Martínez Ocasio estaba allí, así como estuvo vestido de mujer en el video de “Yo perreo sola” (2020) y en tantos y tantos lugares. Uno de esos lugares fue también-y-claro-y-cómo-no la retina artificial de Szilveszter Makó; la edición de octubre de 2023 de la revista Vanity Fair usó la imagen de Bad Bunny para su portada, vestido de ajedrez, pose de muñeco de madera sobre un damero que termina en un muro verde que sirve de fondo a la fotografía.

Los retratos de Makó apuntan a celebridades frescas, nuevas, y otras legendarias, como el caso de la artista plástica Marina Abramovic. No se explica uno cómo esta mujer se dejó sacar un portrait, salvo que profese un enorme respeto por el estilo del fotógrafo húngaro; en el detrás de cámara que puede encontrarse en internet, vemos la fuerza de la modelo y la plasticidad del equipo que dirige nuestro fotógrafo para sacar una serie de imágenes que asombran tanto como la obra misma de la Abramovic; ver la obra Rest Energy (1980) de Abramovic y Ulay, en donde un hombre y una mujer se sostienen la una a la otra a través de un arco y una flecha, claramente con el temor latente de producir la muerte de la mujer. Véanla. Búsquenla.

Por su parte, Elle Faning es una actriz rubia que registra genial. Una celebridad joven que proyecta su belleza en un marco propuesto por Szilveszter Makó como si se tratara de una ilustración infantil. Vemos a Elle Faning sentada; su cabeza luego con la colina donde se posan en un amanecer las letras gigantes que dicen: Hollywood; Elle Faining sobre un plato que evoca la porcelana holandesa del siglo XVII, con cuchillo y tenedor dispuestos a izquierda y derecha en un mantel azul; Elle Faning junto una anchoa y ella en un vestido claro de formas holgadísimas; Elle Faning con cola de gato y vestido negro siendo observada por seis gatos de diferentes pelajes. Todas son composiciones que evocan el art naïf, como recién pintadas por Rousseau o quién sabe quién, un niño de unos ocho años, antes de perder su condición de genio de la pintura, pues con la edad se va el talento y llega la decepción. Lol.

Entonces, los retratos y las campañas que estos enmarcan hacen de Szilveszter Makó una celebridad casi tan grande como aquellas cuyas pieles quieren ser miradas y quemadas por las sombras del acetato. Este es un ejemplo de cómo las marcas no se bastan a sí mismas y cómo la condición de influenciador o modelo puede ser sublimada por el talento de un artista. En efecto, el artesano imprime su alma y hace visible esa magia que a veces la industria pierde en sus dinámicas destructivas y autodestructivas. Desde que se retrata, la diferencia entre el arte y la realidad está marcada por la habilidad para robar un pedazo del alma, o bien, para transferirla a un objeto inerte y sin importancia. Desconfiemos. A la mirada se le tiene desconfianza, aunque no la necesaria.


[1] Recomiendo ver la campaña que Szilveszter Makó realizó para Adidas, la pueden encontrar en la cuenta de Instagram del fotógrafo o en la de @entire_studios, es lo primero que sale en el display.