La moda que respira: biomateriales y el nuevo manifiesto de lo vivo

En un ecosistema visual que durante décadas se alimentó del brillo sintético y la perfección estéril del poliéster, un rastro de «plástico eterno» que definió la estética del exceso, la moda de 2026 ha decidido, finalmente, volver a la tierra. Pero no lo hace desde el rústico cliché del hippie-chic, sino desde el rigor del laboratorio y la sofisticación del diseño de vanguardia. Ahora, la verdadera alta costura no se mide solo en horas de bordado sino en semanas de cultivo. Los biomateriales han dejado de ser un experimento de nicho para convertirse en el nuevo lenguaje del lujo consciente.

Esta revolución propone un cambio de paradigma: ya no queremos un mundo dominado por estéticas en las que el cuerpo se ajusta a materiales inertes y asfixiantes, queremos una moda que respire, que mute y que, eventualmente, regrese al ciclo biológico. En las pasarelas de esta temporada, hemos visto cómo firmas como Stella McCartney ha perfeccionado el uso del Mirum y el Mylo (cuero a base de micelio de hongo), logrando texturas que desafían la mirada del experto. No es una imitación de la piel animal, es una superación estética que posee su propia gramática visual: orgánica, irregular y profundamente viva.

Podríamos decir que el uso de biomateriales es un acto de resistencia contra la obsolescencia. Marcas como Balenciaga y Coperni han integrado textiles derivados de algas y celulosa bacteriana que no solo son biodegradables, sino que durante su «vida útil» continúan capturando carbono. Vestir estas piezas es entonces tal vez portar un manifiesto político sobre la piel, entender que el lujo en 2026 no es poseer algo que dure para siempre en un vertedero, sino poseer algo que tuvo vida y que respeta el derecho a la existencia de las generaciones futuras. Es la transición de la moda como «objeto de consumo» a la moda como «organismo simbiótico».

La estética de lo vivo también ha encontrado su lugar en la alta costura estructural. Iris van Herpen, en sus desfiles más recientes, ha colaborado con científicos para crear estructuras que imitan el crecimiento de corales y hongos, utilizando polímeros de origen biológico que parecen flotar alrededor del cuerpo. Aquí, la tecnología no se usa para deshumanizar, sino para reconectarnos con las geometrías de la naturaleza a través de una elegancia que evoca el brutalismo orgánico y la delicadeza de lo efímero, recordándonos que lo más valioso no es lo que se mantiene estático, sino lo que es capaz de transformarse.

Al final, la irrupción de los biomateriales en la moda contemporánea es una batalla por la relevancia, nos rescata del vacío de la fast-fashion y nos devuelve a una relación íntima con la materia prima. En la era de la crisis climática, elegir una prenda cultivada en un laboratorio o fermentada en un taller es elegir una historia de innovación sobre una de explotación. Nos enseña que la verdadera vanguardia es, en esencia, la victoria de la biología sobre el artificio.

5 de marzo 2026

DA


Rama Duwaji y el nuevo poder

En un ecosistema visual saturado por la estética del «instante», una marea de transparencias y el rastro efímero de las tendencias tipo Kardashian, la Primera Dama de Nueva York, Rama Duwaji, ha emergido en este 2026 como un faro de disidencia estética. Como artista, su propuesta es la estructura, no la tendencia, sino el espacio que habita. A través de una reinvención magistral de la sastrería y los colores oscuros, ha logrado que su ropa no solo hable de quién es, sino de cómo se construye la identidad en la metrópoli más influyente del mundo.

Su figura representa una convergencia sin precedentes entre su herencia emiratí-siria y el pulso frenético de Nueva York. No se trata de una «adaptación» de su cultura al canon occidental, sino de una colonización estilística de los códigos del poder. Sus trajes, de hombros definidos y cortes que parecen planos arquitectónicos, son una respuesta contundente a la mirada reduccionista: Rama no pide permiso para estar en la mesa, la diseña con la precisión de quien conoce la escala y la proporción.

Políticamente, su vestuario es un acto de diplomacia blanda. En una Nueva York que siempre ha sido un campo de batalla de identidades, ella utiliza sus atuendos para dictar una nueva gramática del respeto. Al elegir siluetas de «moda modesta» que juegan con volúmenes dramáticos y texturas ricas, está subvirtiendo la idea de que el poder debe ser masculinizado o hipersexualizado para ser válido. Hay una gracia severa en su forma de caminar por los distritos de la ciudad, es la imagen de una mujer que tiene algo que decirle al mundo y que ha decidido que su ropa sea el prólogo de ese discurso.

Este cambio de paradigma es vital, en un mundo en el que clamamos por referentes con sustancia pues su estilo personal es un recordatorio de que la moda es una herramienta de resistencia intelectual. Sus elecciones, que a menudo evocan el brutalismo neoyorquino, comunican estabilidad. Al final, la revolución que lidera Rama Duwaji no se trata solo de telas, es una batalla por el significado. En la era de la saturación visual, ella ha elegido el silencio elocuente de una silueta impecable. Nos enseña que la verdadera vanguardia es lo que más pesa en la memoria colectiva; su presencia nos rescata del vacío de la celebridad instantánea y nos devuelve a la moda como una extensión de la ética, la arquitectura y la cultura.

5 de febrero 2026

DA


Cloud Dancer o la asfixia política de inicio de año

2026: el año del caballo de fuego según el horóscopo chino, nos invitaba hace apenas unas semanas a una temporada de expansión, ¡y qué expansión!, primera semana del año y el movimiento político ya desató mucha de su fuerza, ¿qué nos dice todo eso?, tanta y tan diversa opinión en redes sociales, ¿por qué importa ahora hablar de Cloud dancer como un guiño a la blanquitud y al conservadurismo?

A primera vista, el nombre  Cloud Dancer evoca una ligereza casi mística, un blanco roto, cremoso y etéreo que parece haber sido rescatado del borde de una nube al atardecer. Es un tono que promete paz, una pausa visual en un siglo que no ha dejado de gritar. Sin embargo, cuando este lienzo inmaculado se despliega sobre el mapa político de las Américas, su «pureza» comienza a adquirir matices mucho más inquietantes.

En el contexto actual, donde el regreso de la retórica divisiva de figuras como Donald Trump ha vuelto a tensar los hilos entre el Norte y el Sur, el Cloud Dancer no solo parece una elección estética, sino un síntoma. Mientras Latinoamérica sigue lidiando con las cicatrices de una historia de exclusión, con economías que se tambalean y pueblos que cruzan desiertos bajo un sol que no perdona, la industria global nos propone «bailar en las nubes». Hay algo casi cruel en la insistencia de este blanco cuando lo que el continente respira es el ocre del polvo del camino y el rojo de una resistencia que no para.

Este color funciona como una metáfora de la blanquitud perpetuada pues  no es solo un tono de pintura o de tela, es una aspiración a la asepsia social. El Cloud Dancer es el color del minimalismo de lujo, de esos espacios «neutrales» donde los conflictos del mundo real —las vallas fronterizas, los aranceles punitivos y la estigmatización del migrante— son filtrados por una capa de buen gusto y silencio: es la estética de quien tiene el privilegio de no estar manchado por el barro de la supervivencia.

Para los pueblos latinoamericanos, que han visto sus identidades históricamente «blanqueadas» por imposiciones culturales, este nuevo auge de lo níveo suena a eco conocido. Es la blancura que ignora la policromía del mestizaje y la profundidad de nuestras raíces para imponer una visión del mundo donde lo «limpio» es lo que carece de rastro humano, de sudor y de historia. Es el blanco de la nube que pasa de largo sobre el migrante en el desierto sin ofrecerle sombra, porque su naturaleza es, por definición, inalcanzable.

Bajo estas tensiones políticas con el gigante del Norte, elegir el Cloud Dancer es elegir el velo. Es un color que parece diseñado para envolver las ansiedades de una élite global que prefiere la abstracción de una nube antes que la realidad de una frontera. Mientras el discurso político busca levantar muros tangibles de hormigón, la estética contemporánea levanta muros intangibles de «perfección blanca», recordándole a los pueblos del Sur que su exuberancia, su dolor y su color siguen siendo, para muchos, un ruido que molesta.

Al final, quizás el verdadero acto de rebeldía en 2026 no sea vestirnos de nube, sino manchar ese Cloud Dancer con la tierra de nuestras montañas y el tinte de nuestras flores. Porque nuestra belleza nunca ha sido inmaculada; nuestra gracia reside en la cicatriz, en la mezcla y en la capacidad de seguir bailando, no sobre las nubes, sino sobre este suelo latinoamericano que, a pesar de todo, sigue siendo nuestro.

15 de enero 2026

DA


Moda sin género: más allá de la etiqueta

La moda ha sido históricamente un campo de batalla para la identidad, utilizando la vestimenta como un sistema de códigos para clasificar y demarcar roles de género. Sin embargo, en la estética contemporánea, asistimos a una disolución radical de estas fronteras. El auge de la moda sin género, genderless o gender-fluid no es solo una tendencia pasajera; es un manifiesto cultural y político que redefine la forma en que interactuamos con las prendas, abriendo nuevas vertientes estéticas en el mundo.

El concepto de moda sin género desafía la lógica binaria impuesta por la industria: ropa para «chico» o ropa para «chica». Las nuevas vertientes buscan la funcionalidad, la silueta universal y la expresión individual por encima de la asignación biológica. Esto implica el diseño de prendas que se adaptan a diversos cuerpos sin alterar su estructura fundamental, recuperando elementos tradicionalmente asociados con lo masculino (como la sastrería oversize o los cortes rectos) y lo femenino (como los tejidos fluidos o las texturas delicadas e incluso las faldas) para un uso universal.

Esta estética no se limita a uniformes neutros o minimalistas, el verdadero desafío consiste en utilizar la hibridación y la experimentación para crear narrativas complejas. Por ejemplo, la combinación de una falda de corte arquitectónico con una chaqueta de hombros estructurados, o la incorporación de encajes y volantes en prendas tradicionalmente masculinas, son ejercicios de libertad que transforman el armario en un lienzo de autoexpresión.

A nivel global, la moda sin género se ha consolidado a través de dos vertientes principales. Por un lado, está la alta costura conceptual, en la que diseñadores como Alessandro Michele (en su etapa en Gucci) o Rick Owens han utilizado la fluidez para explorar temas de identidad, rebeldía y decadencia romántica, haciendo de la ambigüedad una cualidad estética deseable. Estos diseños se centran en la deconstrucción de los códigos formales.

Por otro lado, se encuentra la vertiente funcional y streetwear, fuertemente influenciada por el legado de diseñadores como Virgil Abloh (de quien hablamos hace poco por aquí). Esta línea busca la democratización a través de prendas cómodas y versátiles (sudaderas oversize, pantalones cargo, sneakers voluminosos) que eliminan la necesidad de distinción de género, centrándose en la utilidad y la accesibilidad.

La moda sin género es una manifestación de la cultura actual que privilegia la narrativa personal sobre la convención social. Al despojar a las prendas de la etiqueta de género, la moda se convierte en un medio más libre y poderoso para explorar la estética, el arte y la propia identidad, demostrando que la ropa es un lenguaje que no necesita de fronteras binarias para resonar con fuerza.

04 de diciembre 2025

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En busca de una identidad atemporal

Históricamente, la moda atemporal (timeless fashion) se define como el conjunto de prendas y accesorios que trascienden los ciclos de tendencia impuestos por la industria, manteniendo su relevancia, estilo y funcionalidad a lo largo de los años, ¿pero eso qué significa y, sobretodo, qué nos dice sobre la muerte del clean look de la que hablamos hace poco?, ¿acaso el clean look responde a esa atemporalidad?

Las prendas atemporales se caracterizan por tener un diseño clásico y sencillo: cortes limpios, siluetas no muy excesivas y que rara vez se vuelven obsoletas. Un claro ejemplo podría ser el blazer negro, la gabardina, la camisa blanca o el little black dress).

Los diseños atemporales se centran en cortes que resisten las fluctuaciones de la
moda. Contar con estas prendas implica una inversión en materiales nobles y una manufactura cuidada que garantiza la resistencia al desgaste, en contraposición a la baja calidad de las prendas desechables, algo que pone sobre la mesa un asunto que desde hace años está en el ojo del huracán, ¿acaso comprar fast fashion es en realidad un “ahorro” o, de hecho, todo lo contrario?, para la moda atemporal la durabilidad y la calidad son pilares, aquí se elige calidad sobre cantidad, lo que representa un ahorro a largo plazo.

Hoy, elegir la moda atemporal ha provocado un giro contemporáneo entre la estética y la ética de la identidad: el concepto ha dejado de ser una simple categoría de estilo para convertirse en un imperativo ético y un vehículo de identidad en respuesta a la crisis climática y la saturación del mercado generada por el fast fashion y la repetición excesiva de microtendencias efímeras que se nutren de la acumulación desbordada y el mínimo criterio de compra.

El giro más significativo es que la atemporalidad se asocia directamente con la moda sostenible, pues ante la crisis de residuos textiles, como las toneladas de ropa desechada que terminan en el desierto de Atacama en Chile, como consumidores buscamos la longevidad sobre la novedad: el enfoque es «hacer más con menos», priorizando la calidad de la prenda para reducir el consumo desmedido y la

generación de residuos. En este sentido, la atemporalidad desafía el modelo de producción que se basa en la rápida destrucción de lo que acaba de ser adorado.

Nos preguntamos entonces, ¿elegir prendas atemporales sería, entonces, a nuestro pesar, caer en el aburrido clean look, además de todo lo que implica políticamente esto?, pues no. Las piezas atemporales también se caracterizan porque deben poder adaptarse a diferentes estilos, estaciones y ocasiones con sencillez, permitiendo combinaciones infinitas. Las que tú quieras.

En Latinoamérica, la redefinición de lo atemporal adquiere matices vinculados a la identidad, la artesanía y la funcionalidad regional: para muchos diseñadores de autor en la región, la atemporalidad se liga a la artesanía tradicional y a las técnicas ancestrales. Crear una pieza atemporal significa incorporar técnicas que por su naturaleza son lentas, duraderas y llevan implícita una historia y una identidad cultural que trasciende las modas estacionales.

Además, en el diseño latinoamericano existe una tensión entre la tradición y la moda. Se ha documentado la creencia de que la ropa tradicional o folclórica no es moda porque es atemporal y nunca cambia, sin embargo, los diseñadores contemporáneos están subvirtiendo esto: utilizan lo atemporal (como base cultural o ancestral) para crear una «moda de autor» con una visión social y ética, buscando piezas que no solo sigan una tendencia sino que cuenten una historia, la suya.

El atemporal en este contexto se enfoca en la funcionalidad y en satisfacer las necesidades reales de las personas, adaptándose a cuerpos naturales y a las condiciones climáticas inestables de la región, concibiendo las prendas como una inversión a largo plazo. En conclusión, la atemporalidad en la moda contemporánea es menos sobre tener un fondo de armario de básicos clásicos y más sobre una elección consciente y política que prioriza la calidad, la ética y la expresión de una identidad con la que se puede jugar más de lo que imaginamos.

06 de noviembre 2025

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Colores: el giro activista del armario

Es real: el reinado de la ‘Clean Girl’ ha terminado. Después de una larga y, seamos honestos, aburrida temporada dominada por la estética ultra básica, blanca y plana, el color ha vuelto a las pasarelas y a las calles para recordarnos una verdad incómoda: la moda nunca es banal, es un espejo, a menudo hilarante y siempre incisivo, de nuestros valores, intereses e incluso luchas políticas.

No es ningún secreto que durante los últimos años, la tendencia hegemónica fue
la de la ‘Clean Girl’ y su primo rico, el ‘Quiet Luxury’ (lujo silencioso). Esta estética nos vendió un ideal de vida pulcra, minimalista, con tonos neutros (beige, blanco roto, gris claro) y prendas sin logo. En la práctica, era un uniforme aspiracional que gritaba: «Soy tan organizado, tan funcional, tan zen, que mi vida debe ser perfecta».

Además de esto, ¿qué pasa cuando detrás de esa estética también se esconden
valores de privilegio?, el gran problema de las estéticas planas es que, aunque
visualmente calmantes, a menudo defienden una postura política subyacente: el

minimalismo estéril. En un mundo saturado de crisis (políticas, ambientales, económicas), la ‘Clean Girl’ proponía una desconexión, un refugio en el orden y
la perfección individual. El blanco, el nude y la falta de textura se convirtieron en el telón de fondo de una vida idealizada, sugiriendo que la «calma» solo se logra eliminando el «ruido», es decir, el color, el exceso, la identidad ruidosa,
¿habrá acaso algo más ingenuo que eso?

Internet lo confirma, aunque las búsquedas de «armario cápsula» y «prendas básicas» se mantienen estables, las búsquedas de colores saturados como el verde lima, el azul eléctrico y el rojo cereza han experimentado un notable repunte en las proyecciones de tendencias para 2024 y 2025.

Además, el street style y las pasarelas ya han decretado que la textura, el volumen y el maximalismo están de vuelta ¡Por fin!. Estéticas como el Mob Wife Aesthetic (exuberante y con maxi-joyas) y el resurgir de los estilos más coloridos de los 80 y 90 son respuestas directas y viscerales al minimalismo monocromático.

Pero ojo, el regreso de los colores fuertes y la vivacidad no es un simple capricho de los diseñadores y las casas de moda; es una respuesta (incluso desde el mismo consumo) política y cultural a la era de la autocontención.

Si la ‘Clean Girl’ representaba la contención, la nueva paleta de colores representa la liberación, la visibilidad y el derecho a ser ruidoso. Usar un traje fucsia o un abrigo azul cobalto en la oficina o en la calle es, de alguna manera, un rechazo al imperativo de pasar desapercibido. Es una forma de afirmar: «Mis valores son visibles. Yo existo con todo mi caos y mi color».

Aunque sonemos algo optimistas, nos lo permitimos: la sociedad está lista para debatir, para vibrar y para mostrar su complejidad. Después de la sobriedad, el mundo necesita urgentemente un estallido de color, y el armario es, como siempre, el primer lugar donde empieza la revolución. Vístete en voz alta.

02 de octubre 2025

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Tejidos ancestrales: postales del futuro

Llevamos tiempo discutiendo en nuestras reuniones editoriales sobre las múltiples formas en que la moda opera en el mundo: puede ser la replicadora de ideas antiderechos o también el trampolín perfecto para pararse de frente y cuestionar el sistema mismo, desde adentro. De un tiempo para acá, la moda viene mutando a pasos agigantados, haciéndose preguntas sobre su relación con lo que la rodea, con el pasado e incluso con el futuro; es allí donde nos encontramos para volver a esas preguntas primigenias que sustentan toda una tradición, ¿qué pasa hoy con los tejidos ancestrales?, ¿cuál es el valor y cuál es el discurso que desde la mirada extranjera empezamos a construir como país?, ¿hay algo de político en esto?

La moda contemporánea en América Latina no es solo un reflejo de las tendencias globales; es un lienzo donde se teje la historia, la identidad y el legado de civilizaciones milenarias. Específicamente, los textiles precolombinos de civilizaciones como los incas, mayas y aztecas ejercen una influencia profunda y evidente, sirviendo como fuente de inspiración para diseñadores que buscan fusionar la tradición con la innovación. Estas técnicas y símbolos ancestrales han trascendido el tiempo y han encontrado un nuevo significado en prendas modernas y sostenibles.

Los textiles precolombinos no solo eran indumentaria, sino narrativas visuales que documentaban la cosmovisión, los rituales y la jerarquía social. En el altiplano andino, los incas dominaban el arte del telar de cintura y el uso de fibras nobles como la lana de alpaca y vicuña. Sus intrincados diseños geométricos, conocidos como tocapus, no solo adornaban los tejidos sino que también funcionaban como un sistema de comunicación simbólico, ¿es lo que llevamos una forma de narrarnos?, como seres humanos siempre hemos tenido la pulsión por crear diálogos con lo propio para llegar a lo desconocido.

En Mesoamérica, los mayas y aztecas perfeccionaron el telar de telar de cintura para crear piezas de algodón y fibras de maguey, adornadas con glifos y motivos que representaban a deidades y elementos de la naturaleza. Hoy, artesanos y diseñadores contemporáneos en su mayoría de Perú, México y Guatemala reviven estas técnicas con toques modernos para continuar una conversación que viene desde hace mucho.

Estos elementos simbólicos se han integrado en colecciones modernas, ya sea en bordados, estampados o cortes. No se trata solo de copiar un patrón, sino de honrar su significado original y recontextualizarlo para una audiencia global que siga respetando los procesos locales y dando lugar a esa creación.

Según datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), las artesanías, que incluyen textiles, representan una parte significativa del producto interno bruto de comunidades rurales del centro y el sur de América. La exportación de productos artesanales, donde el diseño ancestral es el valor añadido, ha crecido en la última década, generando un puente entre las comunidades locales y el mercado global. Esta conexión permite a los artesanos obtener un ingreso justo, lo cual incentiva la preservación de sus oficios y la transmisión de conocimientos a las nuevas generaciones.

La moda latinoamericana tiene una oportunidad única de liderar un movimiento hacia una industria más ética y sostenible. Al reflexionar sobre la relación entre tradición y moda, ocurre el encuentro místico y político entre la creación lenta y manual y el camino que todo esto acaba teniendo en una realidad globalizada. Celebrar el legado y permitirle un lugar de remuneración justa y exaltación dentro de la industria, es una forma de acercarnos a lo desconocido y ver allí tantos elementos de lo propio: piezas con alma, historia y propósito para seguir nutriendo la amplia conversación sobre lo que usamos y la forma en que eso le dice algo al mundo.

04 de septiembre 2025

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Moda y vejez: la pregunta mutante

La historia es esta: Grace y Frankie, dos mujeres mayores y muy diferentes entre sí, se ven obligadas a convivir en una casa en la playa luego de que sus esposos las dejan porque se enamoraron después de trabajar muchos años y quieren estar juntos. Así empieza esta serie de comedia de Netflix en la que se abordan temas que van desde la crudeza hasta la absoluta ternura de los giros insospechados de la vida.

Entre tanto disgusto e intentos por aprender a conocerse y tener que vivir juntas, al avanzar los capítulos, Grace y Frankie reflexionan sobre el amor, el dolor y la belleza al envejecer, la forma en que el cuerpo que va haciéndose mayor se vuelve casi obsoleto y con ello su proceso natural de deseo, así que deciden, en medio de ese tiempo libre frente a un mar inmenso, crear una marca de objetos sexuales para mujeres mayores: dildos con agarres aptos para manos con tunel del carpio, instrucciones en tamaño de letra grande y otras acciones que incorporan a su negocio, acaban siendo propuestas políticas para decir: existimos.

La industria de la moda, aunque amplia y diversa, también ha sido hostil para las mujeres mayores: existen cientos de casos de diseñadores de moda que se niegan a vestir en alfombras rojas a mujeres mayores de 50 años; vemos en todas partes campañas publicitarias que solo contemplan una forma del cuerpo y de habitar
las pasarelas y el mundo; se siguen reproduciendo a través de miles de formatos ideas sobre cuerpos obsoletos o no aptos para la moda. Nos preguntamos en nuestras reuniones editoriales la forma en que el tema de la vejez sigue incomodando tanto, nos preguntamos y buscamos esas maneras en que la moda también puede ser resistencia, también a través de ella hacer lo de Grace y Frankie con el deseo: existimos.

Hay algunas cosas alentadoras que van tomando fuerza: recordemos que en 2018 Adolfo Domínguez presentó su campaña “Sé más viejo” en la que proyectaba la imagen de personas mayores como referentes en el mundo de la moda. La población de mujeres mayores de 50 años usando sus redes sociales para hablar de moda ha crecido sustancialmente y, de la mano con todo esto, el consumo de estas mujeres en la industria también sigue siendo fuerte, ¿por qué entonces cuesta tanto hacerle espacio a cuerpos mayores?, la moda es política y a través de sus múltiples lenguajes también reafirmamos patrones.

Desde Dos Aires queremos seguir preguntándonos por todo lo que rodea la idea extraña de la “moda” desde un universo más justo en el que desde nuestra pequeña esfera podamos tomar acciones. La moda es mutante y se transforma con nosotras, nos acompaña. La habitamos y nombramos el mundo a través de ella.

07 de agosto 2025

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Pensar la moda: identidad y consumo

El feed de Instagram no deja nunca de actualizarse: mientras iniciamos el día con un café en la mano vemos reproducir información a un ritmo veloz pero al que poco a poco vamos adaptándonos. Vemos noticias atroces seguidas de imágenes de memes y tendencias de moda, cultura, cine; vemos también las recomendaciones zen de alguien que se hace videos mientras medita y al mismo tiempo las cifras de un accidente aéreo. Son tiempos raros, superpuestos unos a otros, que nos encajan de frente tanta información que es difícil retener o reflexionar algo.

¿Para qué, entonces, hablar de moda?, nuestro equipo editorial es diverso: con intereses entre el desarrollo personal, el ocultismo y la astrología, la literatura, la política, el arte y, por supuesto, la moda. Esto hace que las mesas editoriales sean amplias y tengan capas de complejidad que, claro, no alcanzamos a cubrir del todo. De alguna manera, algo tan específico como la moda parece amarrar todo eso: lo que nos ponemos habla de un bagaje cultural del que no podemos huir, pues las dinámicas económicas y sociales casi que “deciden” lo que las personas debemos usar según cientos de lineamientos. Es por esto que la moda está tan ligada a la política y la economía global, a las raíces culturales de los territorios y, por supuesto, a las migraciones y a la globalización de internet. Muchos análisis indican que lo que antes se hacía tendencia de manera local, hoy lo es en el mundo: las fronteras se vuelven borrosas y una persona puede estar vestida exactamente igual en Berlín o en Ciudad de México. La discusión sobre la moda abre entonces ese abanico de posibilidades de habitar y de “elegir” en medio de movimientos enormes. La forma en que la moda participa activamente del consumo en todas las ciudades del mundo, de su relación con el bienestar y la construcción de identidad es inmensa: incluso quienes deciden estar “por fuera” toman decisiones todos los días sobre qué ponerse y qué no, y esas decisiones ya marcan un acercamiento identitario profundo.

Las acciones personales son políticas, y en tanto la moda es otro de los lenguajes con los que nos comunicamos con el mundo, pensar y cuestionar sus dinámicas desde perspectivas económicas, emocionales y culturales es seguir construyendo reflexiones sobre el consumo y la historia que las prendas que usamos siguen escribiendo.

El feed de Instagram no deja de actualizarse y, mientras tanto, nos acercamos al consumo de ropa y de información de forma ingenua: nuestra meta, entonces, es mover en las mismas formas de comunicación una reflexión que se expanda más allá de la pantalla y nos permita comprendernos mejor y tomar decisiones informadas sobre cómo lo que usamos es también un mensaje histórico, es también una forma de pararnos a mirar el mundo y, sobretodo, a cuestionarlo.

10 de julio 2025

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Cosas que vuelven y cosas que no queremos que vuelvan

¿Quién diría que el icónico atuendo de sombrero vaquero rosa, top y falda por debajo del ombligo de Carrie Bradshaw en Sex and The City volvería a verse en pasarelas y calles tantos años después?, nos lo dijeron siempre: la moda es circular. Lo sabíamos. Pero para quienes apenas hasta ahora estamos viendo con nuestros propios ojos la repetición de esos patrones es asombroso.

Parece ahora lejano pensar que hubo un momento en el que las uñas ovaladas eran llamadas “uñas de mamá”; un momento en el que adolescentes mandaban a “entubar” la sudadera del colegio porque cualquier pantalón ancho era mal visto , de otra generación. Es loco enfrentarnos a ese modo circular de habitar el mundo que, aunque lejano entre sí, nos permite una sensación de unidad bestial gracias al internet.

Pero vale la pena entonces preguntarnos, a propósito precisamente del estreno esta semana de And Just Like That, si todo es circular, ¿cuál es el sentido? Para quienes hemos repetido la serie y criticado y también amado, es evidente que con el paso de los años, aunque la moda circula, el discurso base de la producción televisiva cambia vorazmente: los primeros años la serie era radicalmente clasista, racista y misógina, un asunto que empezó a cambiar conforme los discursos y activismos que se alzaban a lo largo y ancho del mundo tomaban fuerza. En las temporadas más recientes hay un esfuerzo por desmitificar asuntos amorosos, asunto queer e incluso sobre maternidades deseadas o no deseadas: el discurso político base cambió, los atuendos volvieron. Nos preguntamos entonces si con el regreso de atuendos “dosmileros” en todo su esplendor están volviendo también las ideas radicales de derecha que nos hacen pensar que toda sensación de avance es pura ficción, ¿si la moda es circular también lo son los discursos sociales que establecen nuestra cotidianidad y forma de relacionarnos?, son cientos los portales dedicados al asombro de ver a generaciones jóvenes y adolescentes replicando comportamientos que ya pensábamos que estaban “mandados a recoger”, ¿vuelve con el jean ultradescaderado también la noción de familia tradicional y el clasismo?, no sabemos. Queremos creer que la moda evoluciona y se estira, y que cada vez que vuelve lo hace con toques sutiles de diferencia; y queremos creer que los discursos radicales que vuelven a colarse en medios de comunicación y redes sociales son también la prueba de algún tipo de pérdida de criterio que, esperamos, siga mutando. Ya lo dice Elizabeth M. Gilbert en una idea que podríamos interpretar para la política e incluso para la moda: “El yin y el yang siempre están juntos: el bien y el mal. Siempre están juntos en la misma medida, el bien nunca gana, pero tampoco gana nunca el mal”.

10 de junio 2025

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Un nuevo balcón para mirarlo todo

En 1919 Puerto Rico tenía prohibido a las mujeres usar pantalones; Luisa Capetillo, una anarquista y líder de la época fue a la cárcel por ser la primera mujer en llevarlos: por cometer ese crimen. A lo largo de la historia las cosas que se han llevado puedas encima hablan por nosotros: dicen nuestros intereses, nuestra clase social, nuestros deseos de cómo ser percibidos, nuestros miedos e incluso nuestras inclinaciones espirituales. 

No es ningún secreto para nadie que la moda, en su sentido más amplio y complejo, atraviesa todas las demás áreas de la realidad; no es casualidad que en plena crisis climática los upcycling y los second hand se estén posicionando en las grandes tiendas de curaduría de vestuario, cuando en otras épocas era muy mal visto. 

Lo que usamos y la forma en la que lo usamos revela esferas que muchas veces vienen del núcleo fundamental de nuestro ser y también muchas otras de estándares externos: la forma en la que evoluciona la política y la economía también nos guía el camino y pone más capas y fronteras a lo que llamamos la libertad de la moda. 

Como saben nuestros lectores y lectoras, Dos Aires nació de una necesidad muy amplia de conectar con las historias y las personas a través de esos otros ojos que no son los nuestros y que experimentan el mundo diferente; desde allí nos hemos permitido abrir la puerta a temas que nos han asombrado y transformado: política, naturaleza, salud, humor, arte, economía. Hemos sido transformadas por las lecturas que enriquecen nuestro hacer y nos amplían la mirada de todo lo que nos rodea. 

Sin embargo, unas de las grandes preguntas y cuestiones a trabajar en nuestras reuniones editoriales era cómo poder hacer que este espacio tuviera un ancla más firme, una identidad de la cual poder derivar todos los temas que nos interesan tanto, un nuevo balcón para mirarlo todo; así que recientemente decidimos que mayo fuera un mes de transformación, de bordear y pulir el foco de este espacio para seguir comunicando lo que nos interesa de una forma más estratégica. En una de esas reuniones concluimos que la moda, de nuevo, en su sentido más amplio y complejo, conecta y atraviesa todo, y es una fiel replicadora de su contexto. Es por esto que queríamos traer el dato de la gran Luisa Capetillo, rebelde de su generación y pionera en mostrar el poder político de la ropa: en Dos Aires queremos eso, refrescar eso que nos encanta y cerrarlo en un círculo cuyo camino nos revele tantas historias y datos como sea posible para seguir contando el mundo, viendo suceder todo lo que sucede y estar ahí para leernos y pensar juntas la forma en la que se puede ver lo que viene.

7 de mayo 2025

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En el ring del color beige

Sabemos que eso que llamamos realidad no es más que un filtro predeterminado según nuestra minúscula burbuja para ver lo que, de alguna manera, queremos ver; el algoritmo es ese juego entre las fuerzas capitalistas y nuestras fuerzas, todavía mayores, de pensar que siempre tenemos la razón. Y de toda esa mezcla nace esa frase repetida: “Está en todas partes”, “se está hablando de…”, “esto es lo que está sucediendo”. Accedemos a la realidad de una forma resbaladiza, y aun así, seguimos compartiendo tópicos virales que son como olas en internet: premios de cine o de música, ciertas noticias y ciertas tendencias.

Desde hace un tiempo han salido análisis web sobre conceptos como las clean girls, las trad wifes y las mujeres y hombres de “alto valor”, todo acompañado de una estética en capas de beige, peinados bien definidos y, ¡qué sorpresa! tonos de piel clarísimos. Videos de estilos de vida tranquilos que ya rayan con el aburrimiento, perfectamente editados y sin mucho color en ellos: un consultorio visual que en medio esconde -aunque a veces no tanto- valores tradicionales que desde diferentes luchas se han querido erradicar: sobre el rol de las mujeres, sobre las parejas sanas, sobre la diversidad cultural e incluso sobre la salud.

Recordemos que el boom de las pin up a finales de los años cuarenta en gran medida se debió al regreso de los hombres de la guerra al mundo editorial y, con ello, la creación de revistas “para mujeres” hechas por fuerza masculina mayoritariamente; todo esto lo cuenta Betty Friedan en La mística de la feminidad, un texto en el que cuenta que todo esto respondía a unos discursos de aquella época que apuntaban a estándares de belleza y de complacencia masculina que empezaron a calar en las lectoras: una mujer pin up es una caricatura de cintura pequeña y rostro perfectamente feliz, siempre con una tarta recién horneada y al servicio de su esposo. En esa época todos los anuncios publicitarios y las revistas estaban plagadas de este tipo de mujeres a quienes humanamente era imposible alcanzar, y que de hecho se parecen bastante a esas nuevas caricaturas de internet beige que traen de nuevo esas dinámicas que, con ilusión, pensábamos que ya estaban superadas. 

Al cabo de una década, el boom de las pin up, según varios estudios, desencadenó entre otras cosas depresión, ansiedad y un agobio generalizado en las mujeres luego de querer a toda costa parecerse a una caricatura que además funcionó como obstáculo para la participación activa de las mujeres en el mundo político e intelectual. A esta tristeza generalizada la autora Vivian Gornick la llamó: “El malestar que no tiene nombre”. 
La conversación es agotadora, y cuesta aceptar que desde muchas esquinas sociales se esté regresando a algo parecido a través de trends que parecen inocentes. Pero no todo está perdido, todo es cíclico y nada más esta semana, la plataforma web Proyectario publicó un análisis que fue refrescante y esperanzador: El fin de la neutralidad, en el que la autora inicia diciendo “Querido minimalismo: nos diste paz, nos diste orden, nos diste estética de consultorio y café. Lo agradecemos, pero el mundo siguió girando”, y continúa desarrollando el tema que propone derribar mitos acerca de la neutralidad y lo homogéneo como sinónimo de estatus e inteligencia, y la bienvenida de nuevo a la exploración del juego de la identidad, el color, el desorden y la emoción, como una forma de traer de nuevo lo real y único de cada cuerpo que habita este universo y vestirse para la ocasión especial del fin de la tibieza.

3 de abril 2025

DA


El último sueño americano

Se sienten pesadas las conversaciones en las que se habla del tema y también en las que no se habla del tema: hay caos en América Latina y al tiempo una ola de extremismo se cuela por todos los rincones del mundo. Nos enfrentamos hoy a situaciones delicadas que no solo implican movimientos económicos y políticos enormes, sino que implican personas: seres humanos con sus vidas, sus familias y sus historias propias, sus deseos y sus miedos. 

Para este editorial queremos poner sobre la mesa una pregunta: ¿Es este el fin del American Dream?; ante las nuevas dinámicas migratorias y los discursos de odio que hoy se sostienen a modo de “limpieza”, no solo queda al descubierto un claro retroceso en temas de derechos humanos, sino también a pregunta de fondo, ¿queremos seguir idealizando a los Estados Unidos?

Es una pregunta torpe: la migración sucede, entre otras cosas, porque los países de origen no ofrecen las condiciones dignas para todas las personas, así que se hace en alguna medida más que por un futuro brillante, por un presente sostenible. 

Sin embargo, ¿se puede mirar hacia otros lados?, ¿se pueden buscar opciones de migración menos hostiles?, ¿o se puede hacer un activismo sólido en el país de origen para recibir una retribución justa?, no tenemos respuestas pero sabemos que son preguntas importantes: ante una crisis y un estigma tan peligroso como la mirada hacia lo latino, vale la pena traer a la realidad qué tan luminoso es ese sueño americano, o si ya no existe tal sueño como se conocía hace unos años. 

No es nuestra culpa del todo: crecimos escuchando a Dora la exploradora decir “Zorro no te lo lleves” y practicamos inglés con figuritas blanquísimas de personas que solo hablan del clima. Y luego crecimos más y vimos a Carrie Bradshaw caminar por Nueva York como si fuera el mundo entero: esa calle, la única. No es nuestra culpa del todo: estuvimos desde siempre expuestos y expuestas a las dinámicas gringas que también moldearon en gran medida lo que somos: hay que reconciliarnos con eso y al mismo tiempo pararnos desde esa identidad cambiante para mirar el mundo que queremos, para defender el mundo que queremos: imaginar el futuro como una bandera latina que se mece con un viento noble y salvaje.

6 de marzo 2025

DA


Consumo de redes en tiempo de crisis

No tuvimos que pensar mucho para decidir sobre qué tema hablaríamos en nuestro editorial de febrero, es evidente. Las noticias, las redes sociales y las conversaciones en la calle lo anuncian a gritos: tambalean hoy algunos derechos que durante años se han peleado. Pero sobre ese tema concreto ya habrán visto mucho y ya habremos visto nosotras también mucho. 

El asunto no es lo que está pasando, para eso hablan expertos y expertas y sugerimos y aplicamos un consumo responsable y cuidadoso de las fuentes que nutren nuestra información. El asunto ahora es qué hacer con esa información, cómo no dejarnos agobiar o si es necesario dejarnos agobiar. Qué hacer en casa, una casa segura y amable, mientras para tantas personas estas semanas han sido una pesadilla: lo sabemos. 

Como medio que genera también contenido en este océano de información, datos curiosos, consejos, fotos, pinturas, trends; hacemos un amoroso llamado al cuidado de la salud mental; pues sabemos que habitamos este mundo con otras personas, que después de los doce años ya no es “cool” decir que no nos interesa la política porque todo es político y porque implica la negación de ese otro que no soy yo, de su bienestar. Así que sabemos que queremos estar informadas, queremos entender, plantar una posición, proteger nuestro pequeño círculo y procurar que otros pequeños círculos también se sientan un nido seguro. 

No siempre sale bien: a veces queremos saber lo que está pasando y hurgamos hasta el fondo y leemos comentarios y memes y nos enojamos y nos duele. Porque el mundo a veces duele y está bien dejar que ese dolor nos atraviese. Al contrario, deberíamos preocuparnos si eso no sucediera. 

Pero en el centro del pecho se instala la desazón de no poder hacer nada: de hecho, hablarlo, enojarnos y hablarlo y ponerlo sobre la mesa, ya es hacer mucho. Pero aun así nos enoja y nos sigue doliendo y cae en el día como cae un rayo desde el cielo.

En este editorial sugerimos algunas cosas: plantea un límite de consumo de información: una vez al día, en cierta hora y por cierto tiempo. Además, selecciona muy bien cuáles son esos medios y expertos y expertas a quienes seguirás para informarte, no tienen que ser muchos pero sí que sean reconocidos por un trabajo riguroso y justo. 

Es vital saber lo que sucede en el mundo: somos parte de él; pero en momentos de crisis como el actual, de opiniones tan divididas y con tanta violencia de por medio, es bueno hacer una pausa y respirar, elegir muy bien y cuidar ese espacio interior sagrado; acercarse y ayudar en la medida de nuestras posibilidades, asistir a lo que ocurre con una mirada empática pero plantando los pies en nuestro espacio de calma: abrazar nuestro dolor y abrazarnos a nosotras también. 

6 de febrero 2025

DA


Un comienzo sin culpa

Todo está volviendo a la normalidad: estamos resolviendo los pendientes que quedaron hacia finales de diciembre, pegando en un lugar visible los vision board o haciendo listados de cómo cumplir eso que nos prometimos hace unos días. Con el fin de un año y el comienzo de otro llega un shot de adrenalina por el hacer: retomar o iniciar las rutinas de ejercicio, aprender cosas nuevas, ahorrar más, cumplir todo, hacer más, hacer mejor, hacer perfecto, esta vez sí: cumplir, hacer, hacer, hacer. 

Ante esa ansiedad bondadosa de nuestro ser por darnos eso que queremos, se instala también la culpa: ¿cómo hacer todo esto mientras tengo un trabajo?, ¿cómo ser mejor en el deporte que practico si al tiempo también quiero ser una gran mamá, hija, esposa, amiga?, ¿cómo conocer personas nuevas mientras llevo una rutina que se extiende por semanas y semanas?

Además de la vida, que atraviesa y desordena lo que ya es imperfecto, hay estructuras sociales y económicas que hacen más difícil sostener en el tiempo incluso aquello que nos hace felices, es por eso que desde Dos Aires hacemos un llamado amoroso a la calma, a retroceder un poco y a desacelerar esa energía que viene con el inicio de año, a mirar hacia adentro y a preguntarnos realmente lo que queremos sin parámetros externos de lo que hay que lograr o no; de lo que significa para nosotras, muy en el centro del pecho, estar bien. El paraíso de todas es diferente. 

Salud por un 2025 sin culpa y sin aceleres que nos cuesten la salud física y mental, por un 2025 de tomarnos en serio los proyectos, pero también tomarnos muy en serio el descanso, la pérdida de tiempo, el divagar, el mirar por la ventana. La creatividad nace de una semilla inquieta en medio de un silencio interno al que pocas veces llegamos. Abrazamos el tiempo que se encoge y estira con los quehaceres del día, y defendemos el espacio vacío, en el que parece que no sucede nada pero palpita el gozo de lo que también está vivo. 

6 de enero 2025

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El año en que vimos arder lo humano

Es difícil cerrar el año con un editorial que refleje del todo lo que como publicación sucedió: el equipo de base creció y conversamos diferentes posibilidades de lo que es y puede ser Dos Aires, lo que queremos construir, más allá de una plataforma que diga cosas, es tal vez una plataforma que ponga sobre la mesa temas para discutir; porque no tenemos la última palabra, y esa también fue una de las consignas importantes del año: no tenemos la última palabra, no existe, de hecho. Todo se construye, todo sigue mutando. 

Este año publicamos testimonios propios y de mujeres cercanas que van desde temas de salud como la endometriosis, la epilepsia y el autismo, hasta temas que atraviesan lo humano de formas crudas: la posibilidad o no posibilidad de ser madres, el sostenerse en pareja ante circunstancias difíciles, el trabajo sexual en una ciudad vibrante o la migración; abrir el espacio de una plataforma digital para escuchar y escribir de la mano de quienes viven la historia es una apuesta central de Dos Aires: no hay que ser escritores para escribir. Todos tenemos una historia dentro, ¿será entonces esta una forma de contarnos nuestras propias historias?, no desde la fuerza narradora de expertos y expertas, sino desde el centro del pecho: nuestra versión de nuestro propio universo. 

Los editoriales de temas de coyuntura que quisimos abordar este año se centraron principalmente en temas que atraviesan lo humano de formas muy crudas: la guerra en Gaza y la forma en que las noticias se volvieron paisaje; la violencia de género que, como es costumbre, protagonizó portadas y especiales de cifras; la crisis en Venezuela que se alarga como un camino de rocas. Sabemos que ser parte de una plataforma pública remueve el estómago, -¿ustedes lo imaginan, cierto?-, porque contar el mundo es acercarse a él, y a veces duele. Pero poner esto sobre la mesa es nombrarlo y es entonces darle un lugar, un espacio, en la existencia: todo esto existe y lo estamos viendo, ¿qué vamos a hacer?

Nuestros colaboradores abordaron en sus textos temas amplios como el tarot: una especie de guía práctica que al final es un largo ensayo sobre el destino, la suerte y la diversión; y la comida, que también fue una serie escrita y visual sobre cómo el alimento es otro lenguaje para hablarnos, para enviarnos cartas de amor. 

Al final de todo esto, y de un año de largas charlas sobre lo que queremos y no queremos con Dos Aires, nos despedimos con el impulso vital de seguir construyendo una comunidad activa que reflexiona y también contempla lo que nos rodea. Seguimos procurando un lugar cálido para pensar, escribir, dibujar y re elaborar la cotidianidad desde sus enormes aristas.

6 de diciembre 2024

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De qué hablamos cuando hablamos del mundo


El equipo de Dos Aires está compuesto por tres mujeres, tres mujeres conectadas de distintas maneras con una ciudad: Armenia, en el departamento más pequeño de Colombia: Quindío. Ninguna vive ahora allí, pero estamos enraizadas por ese vínculo primario. Nos fuimos. Las tres nos hemos ido de alguna parte mientras hemos crecido, nos hemos entrenado en el rudo deporte de las despedidas.

Y entre tanto, quisiéramos hablar de eso: quisiéramos hablar de la forma punzante en que ser latinas ha permeado partes nuestras que ni siquiera conocemos. Quisiéramos hablar sobre lo que hizo con nuestro cuerpo y nuestro corazón toda la música de Aventura cuando teníamos trece años. Quisiéramos hablar de gastronomía de astrología de medicina; quisiéramos decir cómo curarse de todo mal. Quisiéramos que esta plataforma hablara del mundo y que el mundo fuese hermoso y hablar de él con esa belleza.

Quisiéramos contarnos a nosotras mismas y a ustedes todas las curvas económicas que se trazan por la moda. Quisiéramos citar a Carrie Bradshaw. Quisiéramos hablar de objetos de animales de edificios de museos de insectos microscópicos de avances de la Nasa. Quisiéramos hablar de los sonidos de diciembre. Porque una publicación es el eco de lo que pasa afuera y resuena dentro.

Y quisiéramos hablar de todo eso, pero entre tanto, se nos atraviesan cosas en el camino. Cosas que se leen así: Cómo Gisèle Pelicot, la mujer drogada por su esposo y violada durante más de una década, se

ha convertido en un símbolo de la lucha contra la violencia sexual; o así: La Semanaria: El caso de Sofía Delgado, el feminicidio infantil y la espectacularización del “monstruo”; o así: La violencia machista en México obliga a 24.000 mujeres y sus hijos a vivir en refugios.

Y entonces vemos de frente que nos hermanan tantas otras cosas. No queremos, pero lo vemos de frente porque así es: sucede que quisiéramos hablar de tantas cosas. Y lo hacemos. Sucede que quisiéramos hablar de tantas cosas pero siempre hay un ruido de fondo que no somos capaces de ignorar. Un ruido que susurra aúlla retumba en el estómago. Quisiéramos hablar del mundo como es, de su ruido de aves y ríos, y de sus pasos violentos que suenan, suenan, suenan.

2 de noviembre 2024

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Las niñas que fuimos

Hace unos días una instalación artística en Qatar usó 15.000 osos de peluche para representar a los niños y niñas asesinados en la Franja de Gaza. Filas enteras de ositos color café con una camiseta negra que decía: “No soy un número”. Y es que no queremos leer más cifras porque el horror de lo que sucedió y sucede es difícil de nombrar. Diariamente en noticieros, redes sociales, artículos, libros, instalaciones artísticas seguimos viendo lo obvio del horror de frente. 

Y cuando los adultos no tenemos palabras tal vez los niños sí. 

La casa de las estrellas es una especie de diccionario hecho con definiciones de niños compiladas por Javier Naranjo Moreno. Para Johnny Alexander Arias, de 8 años, la paz “es para unos que matan mucho”, y para Roberto Uribe, de  11 años, la muerte “es un ser vivo ya sin vida que todavía tenemos que querer”. 

Porque definir nos está quedando difícil y las palabras sueltas y honestas de la infancia son alivio y verdad para el espíritu.

 Tener una plataforma digital nos hace preguntarnos de qué deberíamos estar hablando, cuáles son los temas que hay que poner sobre la mesa, sobre los que hay que discutir y reflexionar. En nuestras reuniones abrimos el debate complejo de lo que nos rodea en tres países diferentes: México, Francia y Colombia. Lo que sucede en Gaza nos interpela a todas en maneras distintas, con distancias diversas. Ver la violencia suceder, saber que no tenemos suficientes palabras pero querer seguir poniendo sobre el ruido público algo que no queremos que pase a segunda planta: el horror ajeno, que no es nuestro, que está lejos, pero que nos recuerda que lo humano también se ve así, y asusta. 

Este editorial es también una carta a las niñas que fuimos, niñas colombianas nacidas en un contexto nacional de narcocultura y violencia, pero también viéndolo de lejos en noticias y telenovelas. Niñas que crecieron y están aquí, pudiendo hablar y pudiendo poner en palabras lo que piensan y sienten. A las niñas que fuimos y a las niñas que no pudieron ser, al horror esparcido por la tierra hoy árida. Al miedo de la infancia, el más desconocido de todos; a lo que no pudo ser y a las imágenes que no podemos nombrar, el abrazo infantil y poderoso que resulta de ver suceder y comprender, en una medida mínima, el dolor ajeno. 

3 de octubre 2024

DA


Volver a mirar

Todo ya se dijo: todas las historias de guerra y de amor ya se contaron, no hay que cavar más en el agujero enorme y bordeado de lo humano. Para qué insistir entonces en seguir contándonos, en mirarnos una y otra vez, ponerlo en palabras. En Dos Aires nos hemos preguntado por lo que circula entre voces digitales y análogas: eso de lo que acabamos hablando y que termina guiando de alguna manera la forma en que asumimos lo que somos y nos rodea, ¿para qué seguir contándonos a nosotros mismos?, ¿hace alguna diferencia hablar hoy de algo de lo que se lleva hablando por décadas?, ¿hay realmente algo nuevo por decirse?

El inicio de Bonsái, una novela del chileno Alejandro Zambra, es este: “Al final ella muere y él se queda solo, aunque en realidad se había quedado solo varios años antes de la muerte de ella, de Emilia. Pongamos que se llama o se llamaba Emilia y que él se llama, se llamaba y se sigue llamando Julio. Julio y Emilia. Al final Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura”.

¿Qué es lo que contamos entonces cuando nombramos el mundo?, ¿los hechos?, no; ¿la verdad?, nada más lejos. Con ese inicio Zambra propone que todo lo que está en medio de lo importante es lo importante. Volver a mirar aquella historia de amor y árboles miniatura propone entonces también las otras formas de mirar lo que ya hemos visto: de volver a pasar los ojos y fijarnos, de nuevo, intentar ver más, intentar ver con la cabeza girada para notar otro ángulo.

La propuesta de Dos Aires es esa: repasar lo íntimo que nos atraviesa y mirarlo de nuevo, mirarlo acompañadas, mirarlo con miedo, por qué no. Luego de unos meses publicando en una dinámica sin afanes pero sí con la convicción de construir una plataforma para la expresión, como publicación hemos podido volver a mirar, imaginar cómo mirarnos para afilar la forma en que nos fijamos en todo lo demás; después de todo, el trabajo editorial es casi una artesanía del ecosistema que habitamos y la forma en que todo se trenza con la individualidad, que además es borrosa.

Sobre volver a mirar hay que entrenarse: cómo desnudarse de conceptos antes de volver a ver lo ya visto; extraña forma del turismo. Habitar y entrenar el olfato para no pasar por alto los detalles. Regreso a la tierra es un libro que compila fragmentos de astronautas de una forma particular: no narra el viaje al espacio sino el regreso: cómo es salir de la tierra, ser parte de un paisaje alucinante que pocos han visto: “Cuando los astronautas intentan encontrar su escala al contemplar la Tierra desde la Luna -o cuando tienen una epifanía suspendidos en el vacío del espacio, o cuando la escotilla se abre y sienten de nuevo el frío en un desierto nevado- se produce una tensión entre una geografía exterior y una interior, una emoción intelectual que no existe en la memoria colectiva; que está fuera del lenguaje”, escribe Jacobo Zanella, editor de la compilación que se publicó bajo el sello editorial de Gris Tormenta.

Luego de esa presentación vienen relatos extraordinarios: el primer hombre en salir al espacio exterior; el primero que caminó sobre la Luna; el primero en caminar sobre el espacio profundo, imagen que quedó registrada en su recuerdo así: “De pie allí, sobre un costado de la nave, sujetado solo por los pies y el umbilical que salía holgadamente de la escotilla, tuve una sensación momentánea de estar en el fondo del océano, en la oscuridad, al lado de una enorme ballena blanca”.

Volver a descubrir entonces, con asombro casi infantil, todo lo ya conocido. Eso hace Regreso a la tierra, relatar el suceso memorable no de salir del planeta sino de volver a él: mirarlo desde otro punto, desde afuera, regresar y ver las mismas montañas de siempre, ahora más verdes, más nevadas, más móviles. Sentir la temperatura como se siente aquí o allí, pararse sobre sus piernas y caminar el concreto. Lo que importa, pensaría el Zambra de Bonsái, es todo lo que rodea los hechos y que se instala en el centro del pecho con decidida furia: podemos pasar de largo, pero lo que importa es lo que caló adentro de una forma misteriosa que ni siquiera se puede narrar del todo.

El periodismo, la escritura, los relatos humanos que tienen sus versiones todas ciertas, llenan y afilan la larga discusión sobre lo que nos trae aquí a este punto del texto, lo que nos convoca y nos encuentra con la piel dispuesta a volver a mirar. Regresar a la tierra.

6 de septiembre 2024

DA


Un lugar secreto en el tiempo de nadie : Venezuela

Si pudiéramos hacer una carta hoy, justo ahora, no una de despedida sino de calma, no bastaría otro análisis con un balance juicioso y otro llamado más a la justicia, una justicia que parece derretirse entre nuestras manos y que todavía no retumba en ningún rincón. Una justicia que aguarda en los corazones de quienes no llegaremos a conocer pero que hoy, justo hoy, ahora, abrazan un círculo de rabia y amor que vale la pena mirar de frente. 

Sobre la crisis y la migración sabemos mucho: más o menos cuándo empezó, hacia dónde se dirige, cuáles son los caminos y cuán rudos son; cuántas personas aproximadamente se han ido de su barrio, de su ciudad, de su gente. No hay muchas, pero seguro también hay cifras sobre cuántas niñas y niños han dejado su escuela para subirse en la espalda de su padre o su madre y atravesar una selva que representa al mismo tiempo la muerte y la vida. Eso que está del otro lado y que es mejor que esto que me rodea ahora, porque lo que sea es mejor que esto que me rodea ahora. Sabemos mucho o no sabemos nada sobre esa crisis y sobre los caminos que dejará marcados como heridas en la tierra para siempre. Cifras, cifras, cifras. 

Niñas y niños que crecieron en otra parte lejos de su lengua materna y de la idea del adulto que hubiesen sido de haberse quedado. Sobre irse lejos Deisy Hernández escribió en Un vaso de agua bajo mi cama, esto que parece también una oración a todas las madres que quisieron algo diferente para sus hijos:

Es la víspera de Navidad y las palmeras se balancean en la noche azul oscura. Mi mamá, mi hermana, mi papá y yo estamos en casa de un primo en el sur de la Florida. Están asando un cochinillo en una esquina del patio, su piel rosada se oscurece en la tierra, y alguien ha subido el volumen de los altavoces. La música serpentea a nuestro alrededor y las mujeres comienzan a bailar. 

Mi mamá, cercana ya a los sesenta años, comienza a bailar como lo hacía en Colombia, cuando era joven y hermosa, dice. Su mano izquierda sube el extremo de una gran falda imaginaria. Su mano derecha se alza al cielo como llamando a un amante o a las estrellas. Sus pies van a derecha e izquierda y su cuerpo los sigue. 

La miro y pienso: ¿Quién diablos es esta mujer? Y entonces siento que el hilo que nos une se revienta y mi mamá es una mujer separada de mí, una que tiene su propia vida, hasta un país distinto, si se quiere. Su brazo se alza en el cielo como el signo que abre una exclamación. Su mano derecha no llama a nadie; en vez de eso, es un anuncio de sí misma. 

Si pudiéramos hacer una carta hoy, justo ahora, también diríamos que somos latinas detrás de Dos Aires, una publicación con pies en Colombia, México y Francia. Diríamos que la curiosidad de habitar este mundo de otras formas nos llamó a crear una publicación que respondiera a esas cifras que dan cuenta del “relato de la verdad” pero que brotaran del centro del pecho de la gente a la que le pasan cosas: atravesar y dejarse atravesar por lo que sea que suceda, mirarlo a los ojos y contarlo aquí. 

Dos Aires esquiva esa ansiedad de contarlo todo, pero lo que volteamos a ver, queremos verlo con atención y compasión. Por eso esta, nuestra primer editorial, es una suma a la voz enorme de ese lugar secreto en el tiempo de nadie, el secreto guardado que conecta a todos quienes estamos frente a noticias que nos dejan mudos: Venezuela. 

Porque nuestro lugar de enunciación es esa lengua materna que burbujea en el pecho cuando atravesamos las montañas que nos llevan de regreso a casa. Escribimos en español, publicamos en español, pensamos en español. 

En La lengua es un lugar, una compilación de ensayos sobre los idiomas y la migración hecha por la editorial Gris Tormenta, la autora Selma Alcira escribe:

La conclusión es muy simple. 

Cuando sabes lo que quieres decir, puedes decirlo en todas las lenguas que conoces. 

También puedes guardar silencio en todas las lenguas que conoces. 

Si pudiéramos hacer una carta hoy, justo ahora, diríamos que ante el miedo que avanza y la calma de justicia que aún esperamos, no tenemos nada que decir. 

(…) Pero cuando no tienes nada que decir, lo dices mejor en tu lengua materna. 

7 de agosto 2024

DA