Buscar una estrella luciérnaga

Las luciérnagas empiezan a aparecer esta noche clara. Ah no, no son luciérnagas, son estrellas. 

Hay gente de la ciudad que me ha contado que allá no se ven las estrellas así, mucha luz, mucho smog; allá miran hacia arriba y no se ven estrellas. Dice alguien de la otra mesa.

Las estrellas empiezan a aparecer esta noche en un lugar del mundo del que se dice que se ven ovnis todo el tiempo. En las tiendas de mercado cuelgan camisetas con figuritas de naves espaciales y extraterrestres sonriendo y sosteniendo un taco en su mano.

Eso pasa alrededor mientras yo y otros tantos nos preguntamos por el proceso creativo y batallamos con él: nos dedicamos en alguna medida a juntar palabras, a crear obras escritas, visuales. Todos creamos alguna cosa con nuestras manos. 

También es que me imagino la vida de la gente que no hace nada creativo, qué aburrido, pobre gente. Dice alguien más del grupo. 

Pero para qué se trae uno hasta acá, a este dolor de estómago. Dice otro.

El proceso creativo es un camino hacia adentro, no importa cuánto se quiera contar el mundo de ahí afuera: hablar de las montañas, hablar de la ciencia, hablar de la moda, hablar de la violencia, hablar de personajes con dos y tres cabezas, de comida, de cine. No importa: el camino creativo siempre va al mismo lugar interno del que sale todo eso; es un abismo del que no puedo salir pero que nadie puede quitarme.

En esa medida entonces para qué hacer todo eso. Atravesar el dolor leve e infantil que trae construir algo para la mirada de los otros, construir algo con las entrañas para mostrarlo ahí afuera. 

Se despeja todavía más el cielo y empezamos todos a tomar fotos de las estrellas. Habrá gente que piense que son luciérnagas porque nunca las ha visto, pienso. 

Nunca haber visto algo leído algo pensado algo. Eso es todo: el proceso creativo que se siente como un camino en subida lleno de rocas, que genera en el interior preguntas nunca antes planteadas, que sacude los huesos y el pasado y el futuro, que expone lo más vulnerable y que vuelve a nuestro corazón en forma de mango-pera-manzana un trozo de plastilina con el que hacer algo. 

Sigue la conversación sobre autores y autoras y sobre para qué hacer una obra. Del otro lado sigue la conversación sobre lo asombroso que es ver estrellas y lo terrible de la gente que nunca las ha visto. 

Crear para encontrar adentro una estrella luciérnaga que pueda ser cualquier cosa. Crear para el asombro propio y para compartir ese asombro; para abrir una puerta que nos conmovió y para invitar a ese rincón a quien quiera estar. El proceso de la búsqueda de esa estrella luciérnaga duele porque importa, rasguña los huesos porque es en ese mismo proceso que titila el brillo que todavía nadie ha visto. El trabajo entonces es despejar y sacudir las nubes, todas o casi todas, dejar ver lo que nació de ese trozo de plastilina-corazón. Crear ni siquiera para encontrar, sino para seguir buscando: ahí en ese minúsculo círculo el placer, el puro placer, de construir el pedazo de tierra en el que queremos sentarnos a mirar el cielo.


Por: Sara Zuluaga