Amarillo. A mi me gusta el color amarillo, pero no me queda siempre. Dice el adagio que el que de amarillo se viste a su belleza se atiene. Aunque de este adagio hay versiones más prosaicas, la cuestión es clara: el amarillo atrae las miradas por ser un color solar. Pero ¿vestirse un poco de amarillo es atenerse un poco a su propia belleza? No sé, puede que sí. Hablemos de ese fragmento de belleza, hablemos de corbatas.

Kento Nanami y el significante en las corbatas

Perdón por la referencia, pero hasta ahora no he podido ponerme una corbata amarilla como la de Kento Nanami. Y quiero hacerlo. Aquel es un personaje de un manga japonés titulado Jujutsu Kaisen, hombre conocido por haber trabajado en la bolsa de valores luego de una amarga experiencia cazando maldiciones –le mataron a un amigo-. En efecto, chiques, huyó al mundo del más sofisticado capitalismo financiero. Tiempo después regresaría a cazar maldiciones (especie de demonios peligrosísimos), aunque del mundo de las finanzas le quedaría el hábito de vestirse con ropa de marca. Ahí entonces, entra a ser importante la corbata. Esta prenda es un arma que funciona enrollándola como un vendaje en la mano para transmitir no sé qué energía. La prenda es simbólica, pues representa su periplo entre el mundo de las finanzas y los demonios, es decir, la inmovilidad.

Lo anterior no importan tanto como esto que sigue: esa corbata en particular es una prenda hermosa, amarilla con puntos negros, pero no de esos que alteran a la gente con tripofobia, sino como el resultado de la aplicación del dripping de Jackson Pollok, un poco como esas goteras aleatorias que le dan mucha personalidad. Fondo amarillo con puntos negros, pero sin un patrón fijo, completamente aleatorio, como si se tratara de un organismo vivo. Antes, en el siglo pasado y cuando la libertad personal y política estaban restringidas por disociación con la moda, antes, el uso de este tipo de prendas no hubiera sido posible sino en “jagüelin” o noche de brujas, pero esta pesadilla terminó. Por esta razón compré una corbata amarilla, simple, y en cuanto tenga tiempo le aplicaré el dripping (técnica de goteo con pintura sobre una superficie), consiguiendo así el resultado soñado: la corbata de Nanami.

Forma y función de la corbata

El código de vestuario formal para fiestas o contextos de trabajo donde el respeto es una especie de aura que emana de un traje y una corbata, está evolucionando a límites insospechados. Por sí sola, una corbata puede expresar esa cuota de irreverencia o respeto –dos en uno y quid pro quo– que requiere una persona para ganar confianza, que para efectos de la interacción social se trata, más bien, de hacer retroceder la autoestima ajena, ora por seducción, ora por envidia o mal amor.

La corbata es un dispositivo disruptivo porque concentra las miradas y porque reposa, como quien dice, in pectore. Puede ser roja o azul, de cualquier color, blanca o negra, de cualquier no-color, aunque en ella lo más interesante es que puede contener, también, obras de arte. Estas, pueden ser las de artistas como Dalí, Picasso, Vangó, Rembrandt, o cualquiera de esos, o también pueden ser obras de arte en sí mismas, verdaderas artesanías hechas por máquinas construidas en China. Patrones geométricos, bordados que los sustituyen en un plano monocromático, recortes de la selva, animales de esta, de África, carros de bomberos, pequeños pingüinos de forma y color original orbitando en un fondo verde. Todas estas son las posibilidades y hasta otras más, porque también hay corbatas tejidas, delgadas, rectas, anchas y antiguas, portadas abajo llegando hasta la hebilla del cinturón, o incluso sin sobrepasarla.

Lo que siempre quisiste saber de corbatas y nunca le preguntaste a Adolf Loos

Como todos saben, Loos era ese filósofo del diseño y la moda en la flamante Austria del “momento 1900”, en el que aparecieron Klimt y el Freudxxo, Otto Wagner y Egon Schiele, entre otros, mártires del diseño. Oskar Kokoschka. Hoffman y, obviamente, Koloman Moser. En este momento de la historia de Europa –que no nos importa sino por las corbatas-, las machirulos se reunían en los cafés de Viena, capital de un imperio moribundo, a mirarse las pintas, los aufis, los outfits.

Loos era conocido por ser el crítico de la cultura más implacable de su tiempo. Todos posaban frente a él para no causarle indigestión, pues cualquier paso en falso iba a ser castigado por su pluma flamígera. Los seres humanos normales mataban al prójimo con bayonetas, pero Adolf Loos lo hacía envenenándolos con palabras, destripándolos con columnas ofensivas en los diarios del imperio austro-húngaro.

La postura de este personaje es contraria a la que hoy promueve la moda: no vestirse más que de manera clásica. Así, las corbatas no pueden ser más que amuletos de una suerte que no puede cambiar o progresar. Él recomendaba que un traje solamente fuera inglés, estricta y aburridamente clásico. Negro, de paño, con la solapa de siempre y acompañado de una discreta corbata que no se atrevía a contrariar la flor en el ojal o el discreto pin de la Hermetic Order of the Golden Dawn. Guiño.

Pero hoy, hoy, hoy, la cosa va de cabeza. Adolf Loos no podría vivir o, ¡peor!, estaría obligado a dejar vivir a los otros bajo la estricta enseñanza del Live and let die. Acá, la muerte es la destrucción constante de la moda, que – como un Ouroboros, se mastica a sí mismo en una danza de la muerte, muerte que no es muerte porque es el nacimiento de una nueva tendencia. Hoy las corbatas transmiten un mensaje, un grito de auxilio en la oscuridad de un traje negro que todo se lo traga.


por: Felipe Calderón Valencia