Falditas: Moda, Libertad Y Colonialismo

Algunos años atrás –46, exactamente esos- a las mujeres de Tanzania las buscaban para agredirlas. La razón: enseñar las piernas, ponerse una faldita. El “gesto” de “mostrar piel” fue interpretado por los poderes y autoridades del país como una afrenta a la moral social, pues hacía pensar que ciertas mujeres eran personas de costumbres farragosas, piranhas. En 1979 se presentaron casos de violencia contra chicas vestidas a la manera occidental y no con las ropas tradicionales de esa región de África, llegándose a reportar incluso casos de lapidación de mujeres por personas que, al parecer, estaban libres de pecado, pues nunca llegaron a ponerse una faldita y que por eso tiraron la primera piedra.

Y el problema es que el cuerpo femenino es un territorio de guerra. Esta frase –similar a una de las grandes conclusiones de la Comisión de la Verdad en Colombia- pone en evidencia esta cercanía entre cuerpo, moda y política. ¿O cómo se explica que no pueda uno vestirse como le guste? Se supone que se nace libre, que todas y todos nacemos libres, pero esa partecita de la libertad que nos susurra al oído cómo vestirnos está determinada por las poderosas fuerzas del mercado. En el caso de Tanzania, por ejemplo, el problema radicaba en apartarse de la cultura propia e inclinarse por otra cultura con otros parámetros estéticos y maneras de cubrir el cuerpo, dándonos a entender también que todo tiene que ver –en proporciones variables- con ventas, con “la pinta de ese día” (el outfit) y colonialismo. Hablemos de esta paradoja.

Control social a través de la prohibición de falda

Entendamos la política como el manejo de las relaciones de poder, donde unos actores mandan y otros obedecen a esos que se supone que mandan. Ahora bien, en el contexto de esta conversación que tenemos sobre faldas, la cuestión está dada por una falta de obediencia femenina a vestirse de la manera tradicional, esto es, a desobedecer una regla de conducta que incluye tomar control de su propio cuerpo. “Tu cuerpo, tus reglas”, dice el adagio, pero, entonces, ¿por qué las culturas tradicionales, patriarcales, quieren imponer la regla de “tu cuerpo, mi decisión”?  ¿Por qué es tan importante la voz del amo, del dueño, del padre?

Mostrar el cuerpo es algo que parece haber salido de nuevo renacimiento. Los vasos griegos, esos famosos como rojitos con figuras estilizadas y en los que nunca podremos tomar tequila o aguardiente, tienen mujeres y hombres desnudos; la Venus de Milo está desnuda, sin cabeza, pero desnuda; la Victoria de Samotracia, seguro-seguro, no lleva ropa interior puesta. Si todo esto es verificable a través de la historia del arte en occidente, ¿por qué persiste el cliché de no mostrar la piel como columna vertebral del patriarcado? Yo la verdad, lo ignoro, pero aventuraré algunas hipótesis para que Ustedes las destrocen mientras comen papitas fritas con sabor a limón.

En primer lugar, el cuidado de la desnudez parece ser una práctica eugenésica, cuyo proceso parece ser vigilado por un padre, un papá, que necesita que su descendencia tenga “en dónde caerse muerta”. En efecto, las sociedades patriarcales debían asegurarle un patrimonio para sus hijas, pues la tradición jurídica occidental prohibía que las mujeres fueran propietarias, y el matrimonio era una forma de acceder a la fortuna de un hombre: casarse con la hija del rey –es decir, un gran señor feudal o propietario- aseguraba el acceso a una buena platica, a un dinerillo. El padre debía darle a su yerno una dote, ojalá una pequeña fortuna, para asegurar que su hija no viviera como el muérgano que se la arrebataba del hogar tras contraer nupcias. En algunos casos, la dote podía ser una parte considerable de un reino o del feudo. Controlar el matrimonio era también controlar el tipo de descendencia y el estatus de la misma como en el caso Fernanda Sanmiguel en Nuevo rico, nuevo pobre (Canal Caracol, 2025) –la sociedad medieval se ve reflejada en la tele, chiques.

En segundo lugar, ese mismo cuidado de la desnudez aseguraba que la naturaleza salvaje de los seres humanos no aflorara tan fácilmente. El famoso “amarre” de la brujería imperante en la cultura popular latinoamericana es, en principio, un envenenamiento hormonal: más que nada, no poder sacarse la belleza de una mujer de la cabeza es ser una víctima del sistema endocrino y el amor es el nombre que lleva el verdugo. Así, cuando las culturas de base patriarcal –y las religiones que portan los códigos morales que estas profesan- dictan que no se enseñe la piel o se muestre el cabello y que se cubra a la vista del sexo contrario, está reconociendo el poder de las hormonas y la incapacidad de resistir la falta de colegios mixtos en la antigüedad. Este chiste, malo, es una forma de resumir la base epistemológica de consignas de protestas feministas como Dont tell me what to wear, tell him no to rape. Es decir, la cultura patriarcal impone un código de vestuario que aleje a una sociedad de un difícil condicionamiento y construcciones de instituciones contrarias a una supuesta naturaleza humana salvaje. Crítica: en este sentido, los hombres terminarían haciéndose chichí y popó encima porque no pueden resistir el llamado de la selva. Parece ridículo pensar que detrás de la tiranía masculina, la que impone el gran amo, está la dictadura de las hormonas.

Colonización y liberación a través de la moda

¿Y todo esto qué tiene que ver con la falda? Absolutamente todo, chiques. De un lado, las faldas siempre se han utilizado. La prenda es algo intuitiva en su construcción. Acudo a su sentido común y les recuerdo que la usamos cuando salimos del baño: la toalla con la que nos secamos el cuerpo se transforma –inmediatamente salimos de la ducha- en una falda; la ceñimos a nuestra cintura –los que tenemos cintura- y voilà, ahí está. Entonces, el problema político de la falda es su extensión, porque no se trata de lo funcional o de lo fácil de producir que resulta la prenda, sino de la cantidad de piel que muestra. Ahí está lo que realmente molesta. Y esta molestia es la que nos conecta con la disyuntiva entre libertad personal (mis ganas de mostrar piernita y nalguita o una tendencia) y el anticolonialismo.

La falda no tiene origen claro, pero parece ser que la moda de usarla corta nació en Francia, por allá en los locos años 20. En las épocas posteriores a las guerras europeas, Yves Saint Laurent llegó a contradecir el canon impuesto por Chanel y proponer que se mostraran las rodillas. En Inglaterra, se fueron popularizando las faldas cortas de ocho pulgadas (20 cm) por la vía de Mary Quant, quien reconocía que esto no era su obra sino la popularización de la forma, pese a lo que dijera André Courrege (10 cm). En retrospectiva, la cuestión radica en la libertad de mostrar pierna, pero esta cuestión está marcada por las tendencias en Europa, una potencia colonial y comercial.

Aquí, la liberación femenina que usa una falda que se acorta también puede ser interpretada como una movida comercial que termina siendo el vehículo de un estilo de vida occidental. La cuestión ya no es mostrar pierna, ejercer el sagrado derecho a dejar que la luz solar toque la piel a la que antes no llegaba el Sol, sino que popularizarla es introducir hábitos de consumo y comportamientos que no pertenecen a un contexto africano, asiático o latinoamericano, por ejemplo. En este sentido, la falda occidental era considerada una forma de transgresión de los valores tradicionales de sociedades como la de Tanzania, haciendo que se justificaran agresiones físicas contra mujeres que portaran faldita y que se vistieran como Brigitte Bardot o Sofia Loren o, qué se yo, la Chicholina, la Popis, la Chilindrina. Vedettes.

El Swinging London, por ejemplo, puede ser visto como digno de emularse por la libertad que en este se sentía, pero también puede ser una forma de vender no solo prendas de moda –muy básico-, sino también la música, los aparatos para escucharla, la lengua para poderla entender y cantar, además del estilo de vida para sentir la “foquin vibra”. Esta reflexión, no sé por qué, me hace pensar en las guerras del opio, o simplemente la confusión que causa la fundamentación política de las lapidaciones ocurridas en Tanzania en los años 70 del siglo XX.

Qué bueno fuera poder hablar de moda sin tener que hablar de política y de derechos, pero no es posible, y eso que no hablamos de faldas para hombres, operaciones estéticas en las rodillas de las mujeres y body horror. Hasta una próxima.


por: Felipe Calderón Valencia