Historias

lI – Serie geografica

El archivo de una tierra salvaje sobre el que sigo el proceso de un proyecto narrativo que salga de mí, que cuente la naturaleza voraz del mundo y de una ciudad chiquitita y de una niña que vio su casa caer. Este es el inicio de un proceso visual que se abre desde mi lengua materna que habita en las palabras, que sale muy fuera muy fuera de mí y vuelve, como todo, a un origen infantil de barriga, al origen de la tierra primera.


l – Serie geografica

Hay tantas cosas que no se ven en un paisaje. Recuerdo que cuando era niña íbamos con mi familia a Salento, un pueblo cercano a mi ciudad natal, que queda en el Eje Cafetero de Colombia. Caminábamos una calle larga de fachadas tradicionales y artesanías y, al final, casi como esperándonos, una pared de montaña con una escalera larguísima en medio. ¿Hasta dónde llegaban esas escaleras que ni siquiera podía terminar de ver bien?


Eso pasa alrededor mientras yo y otros tantos nos preguntamos por el proceso creativo y batallamos con él: nos dedicamos en alguna medida a juntar palabras, a crear obras escritas, visuales. Todos creamos alguna cosa con nuestras manos.


Hace unas semanas vi en Science Focus de la BBC que acababan de “descubrir” una nueva “forma”, ¿una nueva forma?, ¿acaso era posible?; dentro del universo geométrico de los cuadrados, los círculos y todo aquello que conocimos y nos hicieron repetir, dibujar y nombrar hasta el cansancio cuando éramos niñas, todo lo que cabía en cajones plásticos, un círculo rojo, un triángulo azul o naranja. Ponerlos juntos, separarlos, armar figuras con ellos: todo eso era el marco del mundo.


lll – Serie gastronómica

Cuando el conquistador Hernán Cortés llegó por primera vez a Tenochtitlan, México, fue recibido con una de las mayores muestras de hospitalidad del pueblo, una muestra que casi lo mata. Le dio la bienvenida la cabeza del estado Azteca, Moctezuma, con una bebida mítica para ocasiones especiales: el chocolate batido en agua y condimentado con chiles, un incendio en el paladar del español que recién empezaba a conocer esas tierras.

por Sara Zuluaga


No recuerdo con detalles la primera vez que tomé leche recién ordeñada de
una vaca, seguro lo invento cuando digo que fue en alguna visita a una
finca con mi familia. Las vacas eran más de tres y pastaban sobre una capa
verde limón, brillaban con el sol quindiano que en ese entonces golpeaba
mucho menos que ahora, según las noticias. Grandes y pesadas como
aparatos imposibles, las vacas seguían en lo suyo mientras nosotras, niñas
mirando todo por primera vez, nos quedábamos quietas frente al potrero.
Imposible saber qué pensábamos. Imposible saber qué pensaban las vacas
en su rutina interrumpida.


El único árbol que había en mi barrio era el de limones que estaba
sembrado en el patio de mi casa. Mentira; el barrio estaba lleno de
árboles y no estaba precisamente en mi casa sino en la de mi abuela M.
Era tan pequeña y el árbol tan grande y ahí puesto casi pidiéndome que
lo escalara, que parecía el único, el primer árbol que vi crecer y morir
también, y por el que supe de la finitud de las cosas.