La reproducción industrial de los calcetines en la época de la obra de arte
Así como Walter Benjamin (no confundir con Benjamin Button) habló de la obra de arte en la época de la reproducción industrial, vamos a dejarnos de patrañas y a hablar de las medias, calcetines, los de hoy, esos que da gusto ponerse. No sé qué opinan las mujeres, pero los hombres menstruantes y no menstruantes hemos encontrado en las medias de muñequitos y de grabados una conquista social del siglo XXI. Basta con recordar aquellas navidades cuando el Niño Dios (o el señor ese viejito de Coca-Cola, el de rojo) nos traía regalos envueltos en papel para ocultar su contenido, la gente decía: “Que lo abra, que lo abra”, uno abría el paquete con ilusión, luego la decepción se pintaba en esa cara infantil que uno traía puesta ese día 24 casi 25 de diciembre, y todos los presentes, parientes, estallaban en carcajadas para forjarle a uno el carácter, sin saber que estarían produciendo un adulto disfuncional, posiblemente, dispuesto a perder su dignidad en Broadway, el Circo del Sol, los Scouts, o peor, porque siempre hay algo peor. Todo esto pasaba porque a uno le daban fucking pinches medias en diciembre. Sí, chiques, aburridos calcetines.
Hoy en día eso no pasa. Los niños piden medias y hasta frutas sin alteraciones genéticas, ya no piden ni bicicletas ni un Atari. Pero claro, esto es obvio porque las medias ahora son sublimes, son obras de arte. Recuerdo que en el jardín infantil donde me formé, nos leyeron Fin de Partida (1961), de Beckett. Allí, sus personajes sostienen que cambiaría el mundo por unos pantalones. Yo, por mi parte, les confieso: cambiaría el mundo por un par de calcetines de los de ahora, coloridos y con bordados de brugmansias que cuentan historias como los códices aztecas o las pinturas del parque Chiribiquete, incluso hay medias de RBD o de la Noche Estrellada de Van Gogh, incluso con la cara de Donald y de Donald Duck.
Área de bordado
El área de bordado era el espacio sagrado, pero técnicamente es el espacio entre el resorte del calcetín y la parte que va arriba del tobillo. Recuerdo, sin mucho fundamento, que antes las medias eran de dos tipos más uno. (1) El primero eran las medias monocromáticas, los clásicos. Blancas, negras, grises, color vinotinto, color café también. (2) El segundo tipo eran las medias con logo o un logosímbolo. Ya saben, naiqui, adidas y las otras marcas estas que son plenamente reconocibles, así se escriban mal; es decir, los calcetines clásicos con un “muñequito” en el área de bordado. Con estos calcetines reflejabas tu poder económico, o el vergonzoso intento de aparentarlo, pues también había forma de falsificar calcetines. (3) La tercera –la que constituye el “más uno” dicho arriba- se trata de los calcetines de rombos. Lo peor, lo pe-or. Medias aburridas, medias de burócrata o jugador de golf, de arribista. Ni Flanders pues.
A esto se reducía el universo de los calcetines. Pero eso era antes de la aparición de la industria china, cuando Dios y el arte estaban muertos. Llegaron los vecinitos del oriente con sus máquinas y la capacidad de producir mercancías a precios bajos y con la calidad suficiente para permitir a una madre quejarse de lo fácil que se rompían las medias por los talones y la punta del dedo gordo del pie, pero luego ir a comprar más. Esta industria creciente dio empleo a los vendedores informales, fomentó la piratería –no piensen en Jack Sparrow y los Sombrero de Paja-, pero también dio oportunidades a los hogares de tener soluciones rápidas ante la rapacidad infantil, que generalmente es mucha.
Estos fueron algunos de los logros de máquinas como las Pr1055x, una bordadora capaz de crear logos sencillos en el área de bordado. En efecto, este tipo de máquinas permitieron hacer calcetines con detalles hermosos, pero nada más. Ahora bien, otras máquinas, como la Knitting Machine –e.g., la Double Jersey7Interlock7Rib Circular Knitting Machine– tienen la capacidad de crear obras de arte. Lo que no logran las primeras máquinas bordadoras, estas segundas sobrepasan el umbral del área de bordado extendiéndose a cada una de las fibras del calcetín. La reproducción industrial de los calcetines está hoy en la época de la excepcionalidad, ahora pueden hacerse medias del conejo de la suerte, la Virgen María, Sailor Moon, Chucky, la Vaca y el Pollito. Ni siquiera el muñeco de nieve de Frozen, el bello Olaf, representan hoy un reto.
El arte y los calcetines: dos universos en convergencia
La historia de la humanidad en el confort burgués hace que hoy estemos presenciando una evolución de los calcetines. Antes lo más elaborado eran los muñequitos en el área de bordado, pero ahora, en pleno siglo XXI, estos mismos muñequitos pueden extenderse por toda la prenda.
Para poder hacer esto último, no solo tuvo que avanzar la ciencia, sino la estética, las tendencias y las necesidades de una sociedad, cada vez menos temerosa de confundir su género con otros. En efecto, llegaron nuevos colores. Ahora podía la gente tener calcetines rosados con una piña bordada arriba del tobillo; ya existía Bob Esponja y la referencia implícita a su amistad con Patricio hacía menos evidente la ambigüedad sexual que esta industria de las medias protege.
Como en un cuento de Cortázar –lean, por ejemplo, el capítulo 73 de Rayuela-, las medias ahora sirven para promover la identidad o la individualidad. Las prendas de vestir sirven para reflejar un estado de ánimo. Esto, a través de los colores y la textura. Pero en el caso de los calcetines, la cosa cambia de manera sustancial. Me explico. A diferencia de otras prendas, las medias son invisibles, secretas, casi equivalentes a los remanentes de la consciencia, lo cual hace que ponérselos tenga pocas consecuencias en el mundo exterior.
Sin embargo, portar una prenda de vestir que solo se hace visible cuando uno cruza la pierna para sentarse, brinda una coartada perfecta para mostrar “el verdadero ser” de una manera muy específica. Si una persona vestida con un traje negro o gris oscuro formal, de corbata también formal, tiene puestos unos calcetines que reproducen una obra de Picasso o una obra de Dalí, la percepción de esta persona no es indiferente para sus observadores o contertulios.
El pantalón de paño gris de un hombre serio, barbado, maquillado o no, que va dejando al descubierto un paisaje o un atardecer o la cara del Ratón Pérez es un fenómeno moderno, novedoso. Este prodigio era imposible antes de la reproducción de obras de arte o de productos de la cultura popular en las medias creadas a nivel industrial.
por: Felipe Calderón Valencia
