Lady Di en oversize

Recuerdo cuando en mitad de la pandemia se dispararon las ventas de ropa
deportiva y de repente la tendencia athleisure estaba por todas partes: habitar el
mundo desde esos rincones del hogar mientras teníamos reuniones,
hornéabamos pasteles y hacíamos yoga antes de dormir parecía tanto mejor en
una camiseta enorme.
Pero pasó todo eso y de poco empezamos a salir, a volver a habitar las calles,
los cafés, el tráfico, las reuniones, y afuera parecía que las pasarelas atlheisure
habían quedado ancladas: personas con blazers y tenis, shorts y prendas
oversize, gorras deportivas y todo tipo de combinaciones, a veces afortunadas y
a veces no, como todo. Nos habíamos traído a la calle todo eso, como
reclamando el abrazo de la ropa que no habíamos tenido antes.
Cargos muy de los 80 y 90 en los que les exigían a las mujeres ir en zapatos
altos y blazers habían quedado casi en su totalidad en el pasado, ideas del
glamour mandalas a recoger que ese gran boom de la comodidad saltó a la vista
pero, ¿por qué?, en revisas impresas y en web circulan desde 2018 hasta 2025
titulares como El auge del atlheisure: el viaje del fitness a la moda; El boom de
la ropa deportiva: ¿atletas o fashionistas?; El negocio de la ropa deportiva;
Atlheisure: la tendencia de llevar ropa deportiva a todas partes; ¿por qué pasó
esto?
Salieron a relucir algunas teorías, casi todas igual de atractivas: el movimiento
del bienestar y la salud nos había calado tan hondo a partir de la pandemia que
habíamos arrastrado a todas las esferas el afán de ese nuevo valor social del que
todos querían ser parte. Moverse, tan necesario y humano, de repente se volvía
un accesorio más. Ha habido otras teorías sobre el reclamo de la comodidad y el
no tener que vernos “perfectas” que también ha calado por ahí, vestirnos para
nosotras y no para la el ojo masculino. Vestirnos para la diversión.
También se ha dicho algo muy sabio, que también se ha vuelto microtendencia:
vestirnos para el tipo de vida que tenemos, ¿cómo es eso?, las tendencias de
ropa más cómoda se adaptan a estilos de vida que no consisten en estar en
reuniones y juntas todo el día, ¿entonces por qué razón vestirnos como que sí?, el ponernos algo encima también llega como la necesidad de cubrirnos y
protegernos, de habitar prendas que nos permitan hacer mejor todo eso que ya
hacemos: cuidar niños, escribir, caminar, tomar fotografías, hacer cerámica.
Ensuciarnos, saltar, mover objetos, reunirnos.
Pero en el borde de todo esto, que creo que tiene mucho sentido, hay algo más
humano e infantil: la nostalgia de habitar universos estéticos que fueron al inicio
de la infancia la forma en la que pensábamos que se veía el mundo, películas
como Forrest Gump con los icónicos Nike cortez; la foto referente de moda de
Lady Di en sudadera de Harvard y shorts negros; las prendas amarillas y negras
de Bruce Lee. Dicen en otros artículos que el gran aporte de Estados Unidos a la
moda es la combinación entre el deporte y la moda. Puede ser. Pensar desde este
lugar del mundo la influencia sobresaturada y violenta que ha significado un
país como ese en lugares como Latinoamérica.
Crecimos y vimos que el mundo no se veía tan así, y aún con eso seguimos
abrazando esa estética mediada por el cine, la música y todo lo que nos llegó a
chorros desde lejos y que se metió en nuestras venas: reconciliarnos y abrazar
todo eso también es una forma de seguir cuestionando las dinámicas estéticas
con las que somos atravesados; el gusto por el athleisure está marcado por
tantos motivos como podríamos imaginar, y vale la pena dejarle lugar a esa
nostalgia de ver a reinas con prendas enormes con las que podríamos sentarnos
a comer algo en el piso; dejarle lugar a la idea de apropiarnos de eso que llegó
en algún momento y que aquí le hemos dado la vuelta cuantas veces hemos
querido. Dejarle lugar al juego que es vestir y habitar algo en algún momento.
Aquí.
Por : Sara Juliana Zuluaga García,
Quindío.
