MÁS DE CIEN AÑOS DE SOLEDAD:
LA TIRANÍA DE LOS ANIMALES DE PLÁSTICO

«Ilustración tomada de @bogotachirriada, un artículo que invita a conocer más sobre nuestra fauna”.
A los animales se les puede preguntar “cómo te llamas” o “qué eres”. Sin embargo, los que han hecho este ejercicio saben que ellos no responden, ni siquiera recurriendo a la noble y nunca bien ponderada tabla ouija o premiándoseles con galletas. La mejor respuesta que puede conseguirse es un ruido, un gruñido o una mirada que te hace sentir que no existes o que eres fuente de alimento. De poder responder, seríamos más nosotros mismos, podríamos ser parte del lugar en el que vivimos. Sería interesante que ocurriera porque podría mejorar la identidad, tal vez con mayúscula inicial, la gran identidad de un pueblo que nos da la conciencia espacial, el Dasein. Suena raro y ya se los explico. Lejos del nacionalismo, lejos de cualquier discurso tóxico, me gustaría hablar de ecología política, de geografía económica y del destino trágico de la raza humana en América Latina a través de la Ignorancia –esta también con mayúscula inicial- de lo que nos rodea, de los seres vivos que nos rodean.
Una zoología nihilista
Hablemos de animales. Para comenzar les reto a entrar a cualquier almacén de esos en donde venden juguetes, animalitos de plástico más concretamente, y se van a dar cuenta que hay un canon: la fauna conocida son los animales africanos –o, con algo de suerte, asiáticos, y uno que otro animal europeo- y los famosos animales domésticos. Elefantes, leones, tigres, jirafas, cebras, hipopótamos*, leopardos, rinocerontes, chitas, hienas, búfalos, águilas, pavos reales, zorros –pero los rojos que están de moda por Le Petit Prince– y los lobos, sí, los de Ana (guiño a Saura), pantera y osos y el mico del Rey León y el orangután y Kung Fu Panda. Guau, miau y pio pio o kikirikí… Ustedes me entienden, Simón y Milú, Tom & Jerry, y un cortísimo y delirante etcétera confirmado por los que aún confundimos a Babe, el puerquito valiente (1995) con Rebelión en la Granja de Orwell; hablando de etcétera, pues los pájaros también están ahí, entonces contamos a la cigüeña, obvio, porque lleva los bebés hasta Estados Unidos. Otros animales famosos son lombrices, moscas, zancudos, arañas y, claro, cucarachas (las voladoras también)… y ni esos, porque ante nuestro torpe mirar, procedemos a eliminarlos con insecticida, con la mano o con un zapato para luego morirnos del asco al tiempo que sentimos que salvamos el día. Otros también muy famosos son todos los que caben en una cazuela marinera, esos pescados multiplicados cada semana santa. Amén.
Estamos mal. En esto de identificar la fauna estamos tan pero tan mal que, si interactuamos en algún juego o dinámica de ingenio, terminamos usando la letra “d” para decir “dinosaurio”. Y eso es un animal y nos reímos y termina ganando stop el pendejo que dijo esto con la complicidad de otros pendejos que tampoco saben de animales. ¿Cuál dinosaurio? Como diría Carver: ¿De qué hablamos cuando hablamos de animales? Es decir, todo lo dicho valida la teoría: tristemente, termina pasando que eres un animal si y solo si cumples con cualquiera de estas tres condiciones: tienes tu propia figurita de plástico o de felpa; sales representado en libros para niños; y si alguna vez saliste en Animal Planet. Si cumples estas tres, entonces eres un animal. Les confieso que esta ignorancia, entre otras cosas raras, la cuento entre aquellas cosas que me dan más ganas de llorar. Sí, es cierto, les habla alguien que sufre de síndrome de Stendhal y esto es hacer trampa en el mundo de la sensibilidad o la sensiblería, pero para mí, filosóficamente hablando, es el indicador confiable de que no sabemos en dónde vivimos, pues si así fuera sabríamos los nombres de los nobles bichos que nos rodean. ¿Quién dio la orden de educarnos tan mal? Esta es la pregunta mediocre que disimula un reclamo aún más mediocre. El problema es que vivimos en negación de la realidad y los animales que conocemos no corresponden al mundo en el que vivimos (zoología nihilista). Acompáñenme, hagamos peripateia fuera de la caverna, caminemos, demos un borondo sin bloqueador solar ni repelente contra insectos.
“A” de anaconda: un safari fuera de la caverna
Experimento: cierren los ojos, imaginen un gran felino (no, un gato no) y pónganle manchas. Antes de que me digan que ven con su mente, les apuesto lo que quieran a que lo que vieron fue un leopardo. Y claro, el campeonato colombiano de fútbol lo ganó el Atlético Bucaramanga, pero pasa y sucede que ese animal no es de por aquí. El leopardo es africano. Por otra parte, si dijiste jaguar, déjame decirte que hay una posibilidad muy alta de que podamos llegar a ser amigos y que estés en las drogas, o cincuentacincuenta. También hay otra posibilidad alta: que seas una persona que haya salido de la caverna y reconoces que vives en un continente que no es África o Europa o TikTok. Tal vez, incluso, sepas algo de mitología amazónica o del piedemonte amazónico y sabes que ese animal sagrado y representa la fuerza destructora de las eras que terminan, permitiendo nacer a las eras que vendrán. El jaguar es un mundo dentro del mundo. El jaguar es un mundo que devora otro mundo. El jaguar cazará a la anaconda el “día del juicio final”. Entren ya a la página de la NASA y vean las fotos satelitales del Río Amazonas y entenderán de qué les hablo: la anaconda, una serpiente gigantesca, fundó la vida, aunque hablamos de mitología, ese río, ese cuerpo de agua es el que trae la vida inundando la selva, invocando el diluvio, y se asemeja a la anaconda, a la cual, en el Sur, le llaman mboi yagua por ser una serpiente monstruosa. Ahora se entiende bien que yagua es lo inconmensurable, Yaguareté.
Por su parte, digamos, no se entiende por qué no hay animalitos de plástico de un jaguar. Ante esto los reaccionarios dirán: todos esos bichos son iguales, como tigres que en vez de rayas tienen bolas, pero no, marica ño. Los jaguares tienen una cabeza robusta, es la más robusta, porque allí bajo la piel, en el cráneo, debe caber un músculo descomunal que sirve para dar la fuerza que requiere prensar –estripar, pues- los cráneos de sus presas que, por lo general, son paleosuchus palpebrosus, melanosuchus niger (aunque no de gran tamaño) – yacarés, mi ciela– y perros de agua o lobos de río. ¿No saben de qué hablamos? Esos bichitos son de acá, caimanes y nutrias gigantes. O bien, si tienen pereza, los jaguares pueden atrapar otros animales menos feroces, tapires amazónicos o pandas gigantes o gorilas. Si me han seguido hasta acá saben que miento en los segundos animales y en los primeros no. Pese a eso, resulta poco probable que sepamos qué es una danta, y que viven las selvas de Colombia, o bueno, si no sabían, ahora sí saben; las dantas o tapires son como elefantes pequeños, aunque nada que ver en realidad. Es decir, estamos mal, sin embargo, esto tiene arreglo.
Ahora la experiencia. Dos anécdotas: una terrible y otra bonita. La primera anécdota, la terrible, es que cuando se levantó el confinamiento luego de la pandemia de 2020, fui a pasear en carro por ahí y vi que las carreteras estaban alfombradas de cadáveres. Eran animales que ni sabía cómo se llamaban. Yo estaba a aterrorizado ante cientos de seres que no podía llamar por su nombre, amarillos, grises, café con blanco, negro con blanco. De todos los colores, los tamaños, en todos los estados, parecidos al final de La Sustancia (2024) o quietos y limpios como si hubieran acabado de hacer la primera comunión o como si fueran de peluche, muertos bien muertos. Eso me entristeció y llegué a llorar en silencio mientras los que me acompañaban ni cuenta se daban de la catástrofe; yo entendía que lo peor no era el cementerio abierto bajo el cielo sino la ignorancia, la mía y la de esa gente espantosa que me acompañaba. No sabía los nombres de todos esos animales muertos y eso fue profundamente triste. Por otra parte, la otra anécdota, la buena, es que un día del año pasado estaba trabajando en algo y sentí –por así decirlo- un cambio en la presión atmosférica. Volteé a mirar y detrás de mío estaba un animalito que no pude darle nombre, mientras se iba alejando con el hipnótico vaivén de sus caderas. Era un guatín, un perrito de monte, una guagua… yo la verdad no sé, pero era hermoso, como ver una estrella fugaz en un supermercado. Era raro y cotidiano. Era un momento imposible pues me pasaba ante un animal sin nombre. Y lo peor de esto es que no se puede contar bien la historia cuando el sujeto no puede ser más que un animal equis y ya. Así no se cuenta nada, no se entiende nada. Si hubiera sido un león, sería fácil, pero no hay nada fácil en este mundo y esto no es África, sino Palestina (departamento de Caldas, en la región del Eje Cafetero en Colombia).
Más de 100 años y aún sin nombres
Colombia celebró su bicentenario en 2010 y también otro tanto en 2019, pero se vino la Pandemia y todo lo que era relevante se transformó en el runrún de aviones que traían y que no traían la vacuna contra el Covid-19. Las calles de las ciudades se quedaron solas. Esa soledad y la interrupción de la rutina urbana dio cabida a que los animales exploraran pueblos y autopistas mal asfaltadas. En Medellín, por ejemplo, se vieron zorros, pájaros que se creían extintos y otros animales como nunca antes. Lo curioso es que todos esos animales vivían bajo nuestras narices y lo trágico es que, si bien nos maravillaron con su presencia, no supimos darles nombre. De su aparición fantasmagórica solo quedaba la imagen, pero si una imagen vale más que mil palabras, ¿cuánto vale una imagen que no alcanza a describirse con esas mil palabras? Nos quedamos cortos.
Conocemos los tucanes por los Frootloops; los osos perezosos por la película Zootopia (2016); conocemos los chigüiros o capibaras o carpinchos porque se pusieron de moda tras el éxito del film Encanto (2021); conocemos la serpiente anaconda porque JLo protagonizó una película con ese nombre en 1997; conocemos tipos de loros y guacamayas por la película Río (2011) o por Angry Birds, uno ya ni sabe. Todo lo del pobre es robado, pero la verdad es que somos pobres porque todo nos lo roban. No obstante, no deberíamos dejarnos robar más. Busquemos los nombres, busquemos la carita y el pelaje, las huellas de la fauna que nos rodea “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”.
Puede que esto se aplique solo a Colombia o a Macondo, pero no tener identidad depende mucho de no tener inventarios, y no tener inventarios depende absolutamente de no saber que se “tiene” porque no sabemos qué nombre darle. Ser colombiano, latinoamericano, seguirá siendo un acto de fe –como dicen que decía Borges- mientras no hagamos un ejercicio científico y de amor, y nos interesemos por buscar el nombre a los seres que nos rodean, padecemos la peste del olvido mencionada en Cien Años de Soledad y la enfermedad descrita –como bien sabemos- no hay cuerpo [social, político y físico] que la resista”. Dar nombre a roedores gigantes, venados, aves, saber que un yaguarundí es chiquito y ñatico y que las corporaciones autónomas no son autónomas ni regionales y que no saber de gestión de carnívoros como los pumas o los osos andinos, respetar el valor de un marsupial como las zarigüeyas y entender los servicios que presta al ecosistemas en el que aterrizamos hace millones de años, o diferenciar tigres de jaguares, o jaguares de leopardos, o polillas de mariposas, es fundamental para el futuro político de nuestros países. Esto, porque allende si el presidente que esté de turno habla de cambio climático o transición energética sin saber nada de estos temas, la ciudadanía sí debe saberlo.
Con la zoología nihilista llega la tiranía de los animales -hegemónicos- de plástico, llega la ignorancia que produce la extinción masiva de micos aulladores y monos titíes. Es tonto no sospechar del poder que tienen los libros para niños en donde coloreamos chimpancés y orangutanes antes que guacamayas o serpientes coral o delfines rosados. Y esto pasa con miles de animales cuya existencia desconocemos y si desaparecen no importará, porque no se olvida lo que no se recuerda, así como tampoco se muere lo que no tiene ya vida. Es por eso que el ecocidio y los crímenes contra el ambiente y la naturaleza son crímenes perfectos, pues el fuego consume la selva y las montañas donde no vive nadie porque “si te vi no me acuerdo”, como pasa con un guatín o perrito de monte o guagua o tigrillo o coatí o coatín o zorrito que se aleja lentamente y se pierde en la pobre espesura de un jardín. Y recordemos, ese mismo jardín alguna vez fue una selva espesa habitada por las figuritas de plástico que nunca compramos porque nunca nos las vendieron y, en consecuencia, nunca adornarán nuestros pesebres en diciembre.
por: Felipe Calderon-Valencia