Me caso, pero a qué costo: el mercado del amor 

Ustedes ya me conocen, o bueno, no mucho, pero lo que sí saben es que soy fan de Sex And The City, y aunque todos critiquen a Carrie, yo la aprecio, la entiendo, porque alguna vez yo también fui ella. 

No me pidieron matrimonio en mi closet, tampoco tenía en su mano el tacón Monolo Blahnik azul, piel de becerro y su hebilla con detalle de cristal. Fue en la casa de mi suegra, con su familia y parte de la mía, arrodillado entre rosas rojas, con el anillo en la mano. ¿Relación con Carrie? Fue algo íntimo, real. 

Y de pronto, entre los abrazos y lágrimas de felicidad, me encontré obsesionada con un fenómeno que mueve más dinero que el propio anillo de compromiso: el vestido de novia.

La respuesta llegó en cifras: el mercado global de vestidos de novia se estimó en más de 44 mil millones de dólares en 2025, con proyecciones que lo llevarían a cerca de 72 mil millones para 2035. Sí, 72 mil millones, claramente, el amor no solo mueve montañas… también mueve cifras ridículamente altas en el mercado textil. Y entonces pensé: si un vestido puede mover millones, debe tener algo más que encaje.

Porque no estamos simplemente comprando tela, estamos comprando historias. Cada temporada lo hemos visto en las pasarelas de los grandes desfiles, como el de alta costura 2026 de Dior por Jonathan Anderson, quien rediseñó el vestido blanco adornándolo con flores tridimensionales de una forma asimétrica, o como el de Chanel alta costura por Matthieu Blazy, una poco más contemporáneo, ligero con aplicaciones efecto espejo que destacan el gran saber hacer de la casa francesa.

Y ahí está la ironía. Porque mientras algunas marcas cobran 10.000 dólares por una creación de alta costura, otras luchan por ofrecer alternativas más accesibles sin sacrificar estilo, y sí, incluso Vogue ha dedicado secciones completas a los mejores vestidos asequibles que no requieren un préstamo bancario. O como Carrie, que dio el sí en un traje de segunda mano. Quizá la razón por la que seguimos obsesionadas con el vestido no es porque sea el símbolo definitivo del amor, sino porque representa la fe en algo que aún no ha sucedido.

En un mercado que crece cada año, con desfiles que parecen más espectáculos que presentaciones de moda, y estadísticas que convertirían cualquier análisis financiero en poesía, el verdadero encanto del vestido de novia es este: no importa cuánto cueste, importa cuánto te hace sentir.

Y mientras el mundo sigue volcando dólares, tules y luz de pasarela hacia este ícono cultural, yo solo me pregunto: ¿Será que el vestido perfecto existe o somos nosotras quienes tenemos que creer en él?


Por Maria Fernanda Pinzón