Sin embargo, en un principio, no sabía cómo responder consistentemente a aquella pregunta. Decía que me gustaba mi país, que iba a cambiar no sé qué cosas, et cetera. Estaba hablando en piloto automático porque las cosas no cambian, o no todas, solo las que uno quiere que cambien, esas sí se quedan igual. Esas. Y decía eso y simulaba entusiasmo, hasta que un día me cayó basura en el ojo, miré para arriba y tomé consciencia de lo que me encanta de Colombia: las plantas, el clima, el hecho de no pensar en estaciones y no ver más que consumismo en las nuevas colecciones de los almacenes de fast fashion. Muchos dicen que Colombia es un platanal, pero tenía que salir DtMF (“Debí tirá más fotos”) para que no solo se valoraran las sillas Rimax, sino también los platanales, los nuestros, en los que crecimos sucios y contentos, entre masacres, pero contentos.


«Ilustración tomada de @bogotachirriada, un artículo que invita a conocer más sobre nuestra fauna”.

A los animales se les puede preguntar “cómo te llamas” o “qué eres”. Sin embargo, los que han hecho este ejercicio saben que ellos no responden, ni siquiera recurriendo a la noble y nunca bien ponderada tabla ouija o premiándoseles con galletas. La mejor respuesta que puede conseguirse es un ruido, un gruñido o una mirada que te hace sentir que no existes o que eres fuente de alimento. De poder responder, seríamos más nosotros mismos, podríamos ser parte del lugar en el que vivimos. Sería interesante que ocurriera porque podría mejorar la identidad, tal vez con mayúscula inicial, la gran identidad de un pueblo que nos da la conciencia espacial, el Dasein. Suena raro y ya se los explico. Lejos del nacionalismo, lejos de cualquier discurso tóxico, me gustaría hablar de ecología política, de geografía económica y del destino trágico de la raza humana en América Latina a través de la Ignorancia –esta también con mayúscula inicial- de lo que nos rodea, de los seres vivos que nos rodean.