Moda y presidentes: relaciones de consumo

Volvemos a la pregunta de siempre: ¿somos realmente “libres” a la hora de elegir lo que usamos?, y como la respuesta se lleva respondiendo por décadas y tiende siempre al no, aparecen otras: ¿qué pasa con la influencia de los gobiernos y sus políticas económicas y de qué manera moldean nuestros hábitos de consumo? Pero antes, para contextualizar por qué vamos a hablar de libertad, política y moda, recordemos una de las escenas más amadas de The Devil Wears Prada, cuando Andy, la protagonista, dice que los dos cinturones azules que intentan elegir se ven exactamente iguales para luego decir que sigue aprendiendo de ese mundo. A lo que Miranda responde algo así:

“¿Este «mundo»? Ah… Ok. Ya veo. Crees que esto no tiene nada que ver contigo. Vas a tu clóset y seleccionas, no sé, ese suéter azul holgado, por ejemplo, porque tratas de decirle al mundo que te tomas demasiado en serio como para preocuparte por lo que te pones. Pero lo que no sabes es que ese suéter no es solo azul. No es turquesa. No es lapislázuli. Es, de hecho, cerúleo. Y tú también eres totalmente ajena al hecho de que en 2002, Oscar de la Renta hizo una colección de vestidos cerúleos. Y luego, creo que fue Yves Saint Laurent, ¿verdad? Quien mostró chaquetas militares cerúleas. Y luego, el cerúleo rápidamente apareció en las colecciones de otros ocho diseñadores. Después, se filtró a las tiendas por departamento, y luego llegó hasta alguna trágica tienda de ropa casual donde tú, sin duda, lo sacaste de algún cesto de ofertas. Sin embargo, ese azul representa millones de dólares e incontables empleos. Y es un poco cómico que pienses que has hecho una elección que te exime de la industria de la moda cuando, en realidad, estás usando un suéter que fue seleccionado para ti por las personas de esta sala entre un montón de cosas”.

Y es que no se puede hablar de moda sin hablar de dinámicas económicas e influencias políticas, ¿a quién le sirve cierto tipo de consumo?, ¿para qué le sirve? Más allá de la paranoia y la quietud que provoca sabernos parte del sistema, es importante seguir entendiendo sus capas y la forma en que tenemos ciertos grados de elección. Mínimos, sí.

La liberalización comercial en la región, impulsada por acuerdos bilaterales y la adhesión a la Organización Mundial del Comercio (OMC) ha facilitado la entrada masiva de textiles y prendas de muy bajo costo, principalmente de Asia. Esta ola inmensa de productos ha hecho que los mercados locales se saturen y que la moda importada se vuelva evidentemente menos costosa.

Un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) de 2023 señaló que el valor de las importaciones de vestuario en la región aumentó un 150 % en la última década. Esta tendencia ha desincentivado la compra de ropa fabricada localmente, incluso la de alta calidad, pues el consumidor promedio busca precios bajos; esto, por supuesto, alimentado por dinámicas socioeconómicas que hacen que el comprador privilegie precios precisamente por su propia situación financiera. Según datos de Euromonitor International de 2024, el consumidor latinoamericano gasta en promedio un 40 % menos por prenda que hace una década, un indicador directo de la preferencia por la moda rápida.

Aunque la moda local sigue creciendo y cada vez más se le da espacio y posicionamiento, el consumidor latinoamericano se enfrenta a una paradoja. Por un lado, hay un creciente interés en la moda sostenible, el comercio justo y el apoyo a las comunidades. Pero por otro lado, la precariedad económica y la inflación empujan a la mayoría de la población a priorizar el precio sobre la calidad o la ética. Las políticas que no garantizan un salario digno o que no controlan los precios de los productos básicos obligan a las personas a ser precavidas con su dinero.

El consumo de moda en América Latina no es solo una elección personal, sino un reflejo de las políticas macroeconómicas que fomentan la desigualdad. La cadena de suministro de la moda rápida se extiende por el mundo, con beneficios que se concentran en el Norte Global, mientras que los costos ambientales y sociales recaen en el Sur.

Se requiere una política de moda que priorice la producción local, con incentivos fiscales para las empresas sostenibles, aranceles inteligentes que nivelen el campo de juego y programas que estimulen los oficios tradicionales. Solo así se podrá romper el ciclo de dependencia y se permitirá a los consumidores apoyar a sus propias comunidades, en lugar de ser meros engranajes en la maquinaria de la moda rápida global.

La moda es política de muchas maneras, y no es solo la elección de decir algo de lo que somos con lo que llevamos, viene desde mucho antes, desde la fabricación y el mínimo ejercicio del consumo. Entender estas relaciones no hace que dejemos de ser parte de un sistema extractivista, pero solo entendiendo estas esferas de complejidad que abarcan mucho más que nuestro propio círculo, sabremos que hay formas mínimas y poderosas de hackear esa red y volver a poner en el foco de la moda la ética, la calidad y la historia.


Por : Sara Juliana Zuluaga García,