Tejer lo invisible

Recuerdo que estábamos a finales de diciembre de 2024. Sin saberlo, estaba a punto de cerrar mi año parada frente a dos exposiciones que me atravesaron por dentro. Estar en esos espacios fue como abrir una puerta hacia algo que no se dice, pero que se siente: el arte, las relaciones, la memoria y la vida misma tejida.

La primera fue la de Olga de Amaral en Maison Cartier. No conocía su obra de cerca, pero sentía que en sus tejidos había algo más que belleza. Frente a esas piezas doradas, suspendidas entre la luz y el silencio, entendí que su arte no era sobre el hilo ni sobre el oro, sino sobre la búsqueda de sentido. Cada fibra, cada capa, parecía contener tiempo, historia, respiración, como si vivieran. Me emocionó la forma en que la artista lograba hablar del alma sin usar palabras, solo presencia. Me quedé mucho rato mirando una de sus obras brillantes, sintiendo que eso es exactamente lo que hacemos los seres humanos: tejer y destejer nuestra historia y, a la par, buscar belleza en lo que duele y en lo que sana.

A los dos días, el 31 de diciembre, visité The Soul Trembles, de Chiharu Shiota. Desde el primer paso, su mundo de hilos rojos me envolvió completa. Caminé entre redes suspendidas, como si estuviera dentro de una emoción gigante que no comprendía del todo; un tejido de recuerdos, vínculos, presencias y ausencias. Había sillas vacías, objetos atrapados en las cuerdas y una sensación de que todo lo que nos conecta también puede enredarnos.

En ese momento pensé en las relaciones humanas como hilos: algunos nos sostienen, otros nos atan, son incómodos, otros se rompen y dejan espacio para lo nuevo. Pero todos, incluso los que se pierden, dejan una marca en el tejido que somos. Entendí que el amor, la amistad y la pérdida son maneras distintas del camino, de aprender a tejer.

Las dos exposiciones, tan diferentes pero tan complementarias, me hablaron del mismo tema: la vida como un textil emocional. Lo que vestimos, lo que tocamos, lo que elegimos soltar. Es necesario descoser partes de nosotros mismos, esas costuras viejas hechas de miedo para poder crear espacio a lo desconocido, a lo que está más allá.

La moda dejó de ser para mí solo estética o tendencia, y empezó a ser un espejo de cómo habitamos nuestro cuerpo, nuestras emociones y nuestras relaciones. Hay prendas que nos protegen y otras que nos aprietan, que nos representan o que ya no queremos usar. Y de eso se trata precisamente el crecimiento personal: de aprender a elegir, con amor y conciencia, lo que queremos seguir vistiendo por dentro.

Hoy entiendo que el desarrollo personal también es una forma de arte. Como Olga de Amaral y Chiharu Shiota, todos estamos tejiendo algo: una versión más honesta de nosotros mismos. La moda, el arte y la vida no son tan distintos: nos invitan a mirar con atención lo que llevamos puesto, afuera, adentro, y preguntarnos si ese tejido le hace verdadera justicia a la historia que queremos contarle al mundo.


Por Lisa Maria Correa